El Mar que Aprendió a
Respirar
Plástico
Jesús
en silencio frente al Pacífico
Por Deivid Ice ·
Colombia, 2026
~ ~ ~
I La
llegada al silencio
No
hay testigos. No hay cámara. No hay drone esta vez.
Solo
Él, sentado en la orilla de lo que alguna vez fue el océano más grande del
planeta — ahora una sopa gris donde el plástico no flota, sino que
respira. Una masa viva de botellas trituradas, bolsas que se olvidaron de
desaparecer, tapas de yogur que sobrevivieron a las marcas que las fabricaron,
jeringas de colores equivocados, empaques de papas fritas de empresas que ya
quebraron, juguetes de niños que ya crecieron y aprendieron a no preguntar
adónde va la basura.
Jesús
no dice nada.
Se
sienta en la arena — que ya no es arena sino microplástico disfrazado de
arena, la mentira más perfecta que construyó el progreso — y mira. Porque a
veces el profeta no predica. A veces el profeta solo se sienta frente a lo que
hicimos y deja que el silencio haga el trabajo que las palabras ya no pueden.
El
silencio del profeta frente a la ruina es el único lenguaje que todavía no
hemos convertido en contenido.
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II Lo
que encuentra
A
su izquierda, una gaviota muerta con el buche lleno de confeti azul que el mar
confundió con peces. No murió de hambre: murió de saciedad. Murió llena
de nada. El cuerpo perfecto, las alas intactas, la mirada fija en un horizonte
que ya no le pertenece. Nadie la encontrará. Nadie la contará. No tiene
hashtag.
A
su derecha, una botella de agua mineral — PUREZA PREMIUM · 2.500 pesos la
unidad — que lleva diecisiete años viajando desde una playa de Lima hasta aquí,
pasando por corrientes que los oceanógrafos nombran con la neutralidad de quien
catalogó demasiado dolor. Todavía se lee el eslogan en la etiqueta desvanecida:
“La naturaleza
en tus manos.”
La
ironía no necesita subrayado. El océano ya se encargó.
~ ~ ~
III La
geografía del crimen
Frente
a Él, hasta donde alcanza la vista y más allá: el Gran Parche de Basura del
Pacífico. Dos veces el tamaño de México. Invisible desde la superficie para
quien no sepa mirar. Perfectamente visible para quien lleva dos mil años
mirando lo que los humanos prefieren no ver.
No
es una isla. No es un continente. Es un estado de ánimo que se convirtió en
geografía.
Dos
veces el tamaño de México.
Y
sin embargo no aparece en ningún mapa.
Solo
en los estómagos de los peces.
Solo
en la leche materna.
Solo
en la sangre de los que nunca tiraron nada al mar.
— fragmento sin fuente,
porque la fuente somos todos
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IV Lo
que recuerda
Jesús
recuerda el momento exacto en que dijo "la tierra es del Señor y todo
lo que hay en ella". Recuerda haberlo dicho frente a pescadores que
olían a sal y conocían el nombre de cada corriente. Recuerda que lo citaron en
iglesias durante mil años mientras firmaban los permisos de extracción en el
mismo pupitre donde oraban.
Recuerda
cuando caminó sobre las aguas del mar de Galilea. Ahora mira este mar y
calcula: con suficiente densidad de plástico compactado, técnicamente podría
caminar sobre él también. El milagro ya no sería necesario. La humanidad
construyó el piso sola.
~ ~ ~
V El
llanto que no viene
Jesús
no llora frente al mar de plástico.
No
porque no le duela. Sino porque hay un tipo de devastación tan total, tan
metódica, tan deliberadamente acumulada durante décadas por personas que
sabían exactamente lo que estaban haciendo, que las lágrimas no alcanzan.
Son un gesto demasiado pequeño para la escala del crimen. Son una gota en el
océano — y el océano ya tiene demasiado de todo.
Lloró
en Betania por Lázaro — un hombre. Un amigo. Una muerte con nombre y con
familia que esperaba afuera de la tumba.
Aquí
el muerto es un océano. Y el océano no tiene tumba porque la tumba es el
océano. Y los deudos somos nosotros. Y nadie está esperando afuera. Y nadie
sabe bien si llorar o si publicar una foto del mar con un filtro azul y el
caption: "Cuidemos el planeta 🌊 #Sostenibilidad."
Así
que no llora. Respira. Y cada respiración huele a sal y a polietileno. A lo que
fue y a lo que pusimos en su lugar.
~ ~ ~
VI La
mano en el agua
Mete
la mano en el agua.
No
para purificarla — no viene a hacer magia barata, no vino a ser el detergente
ecológico de nadie. La mete para sentirla. Para que el océano sepa que
alguien lo tocó sin querer extraer nada. Sin botella. Sin filtro. Sin
aplicación de hidratación que registre el gesto como contenido. Sin foto. Sin
testigos. Sin propósito que no sea este: estar presente en el dolor de algo que
no puede gritar.
El
agua está tibia. Demasiado tibia para febrero.
Y
en esa temperatura equivocada — apenas dos grados por encima de lo que debería
ser, apenas lo suficiente para que los corales blanqueen, para que los
glaciares calculen su propia muerte, para que los niños de las islas del
Pacífico aprendan la palabra éxodo antes de aprender a nadar — está
resumida toda la historia del último siglo mejor que en cualquier informe,
mejor que en cualquier cumbre climática, mejor que en cualquier discurso de
cualquier presidente que nunca vivió cerca del mar.
~ ~ ~
VII Lo
que el agua recuerda
Ha
visto lo que el agua guarda aunque los hombres olviden:
·
El año en que una empresa supo que su
producto destruía el clima y contrató científicos para decir lo contrario, y
esos científicos tenían hijos que amaban el mar.
·
El momento exacto en que alguien decidió
que envolver una manzana en plástico era más eficiente que vender la
manzana.
·
Las reuniones de directivos donde
calcularon el costo de limpiar versus el costo de hacer lobby para no limpiar,
y eligieron el lobby porque el océano no tiene contador.
·
Los tratados internacionales que
murieron en sala de espera mientras el plástico seguía viajando.
·
Los niños de las comunidades costeras de
Colombia, de Ecuador, de Perú, que aprendieron a pescar basura antes que peces,
y que lo llaman trabajo porque nadie les enseñó que podría ser otra
cosa.
·
Las ballenas que llegan a las playas con
el estómago lleno de bolsas que alguien usó tres minutos para cargar el
mercado.
Ha
visto todo eso. Y aun así tiene la mano en el agua. Aun así está aquí.
Esa
es la diferencia entre el profeta y el político: el político retira la mano
cuando el agua está sucia. El profeta la deja más tiempo.
~ ~ ~
VIII El
sermón no pronunciado
Si
hubiera alguien escuchando — y no hay nadie, ese es el punto, ese es el corazón
de todo esto — Jesús diría algo como lo siguiente, en voz muy baja, con la mano
todavía en el agua tibia:
Les
di un jardín.
Me
devolvieron un vertedero con buena iluminación y servicio de streaming.
Les
di agua.
Me
devolvieron agua con memoria de plástico y precio de boutique.
Les
di océanos.
Me
devolvieron estadísticas de contaminación en presentaciones de PowerPoint
para
cumbres climáticas donde sirven agua en botellas de plástico.
No
vine a salvar el planeta.
El
planeta me lleva ventaja en resiliencia.
Vine
a preguntarles cuándo decidieron que el empaque valía más que el contenido.
Que
la botella era más sagrada que el agua.
Que
el producto era más real que la fuente.
— el sermón que el mar
escuchó sin necesitar traducción
~ ~ ~
IX Lo
que deja
Cuando
se va, no limpia la playa. No hace el gesto fotogénico del voluntario de fin de
semana con bolsa verde y guantes amarillos y publicación motivacional los
lunes. No viene a remendar lo que exige ser reconstruido desde los cimientos.
Deja
una sola cosa: la pregunta flotando sobre el plástico, invisible como el
ozono, persistente como el poliestireno, indestructible como todo aquello que
el mar ya no puede digerir:
¿En qué momento
confundieron la comodidad con el derecho,
el derecho con
el olvido,
y el olvido con
el progreso?
Nadie
la escucha.
El
mar de plástico sigue respirando con esa respiración lenta y gris de lo que ya
no es lo que fue pero tampoco sabe cómo morir del todo.
~ ~ ~
X La
coda
Y
en algún lugar de Lima, de Bogotá, de Ciudad de México, de Medellín, de
cualquier ciudad donde el mar es una postal y no una responsabilidad, alguien
acaba de abrir una botella de agua de marca PUREZA PREMIUM y la ha tirado en la
calle porque el tacho de basura quedaba lejos.
La
botella empieza su viaje.
Diecisiete
años, más o menos. Dependiendo de las corrientes.
Jesús
ya no está en la orilla para recibirla. Pero el mar sí. El mar siempre está.
El
mar no olvida lo que le damos. Solo lo guarda.
“La tierra fue entregada en mano de
los malvados;
él cubre el rostro de sus jueces.
Si no es él, ¿quién es entonces?”
— Job 9:24
Deivid
Ice
Colombia · 2026 · Poesía en
prosa
Escrita en las orillas de todo lo que hemos perdido y todavía no
hemos llorado bien. Inspirada en el Gran Parche de Basura del Pacífico, en las
gaviotas que no tienen hashtag, en los oceanógrafos que publican datos que
nadie lee, y en los niños costeros que aprendieron a pescar basura antes que
peces. Para los ríos que todavía pelean. Para los mares que guardan memoria.

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