domingo, 5 de abril de 2026

Jesús frente al Mar de plástico del Pacifico

 


 

El Mar que Aprendió a

Respirar Plástico

Jesús en silencio frente al Pacífico

 

Por  Deivid Ice  ·  Colombia, 2026

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I  La llegada al silencio

No hay testigos. No hay cámara. No hay drone esta vez.

 

Solo Él, sentado en la orilla de lo que alguna vez fue el océano más grande del planeta — ahora una sopa gris donde el plástico no flota, sino que respira. Una masa viva de botellas trituradas, bolsas que se olvidaron de desaparecer, tapas de yogur que sobrevivieron a las marcas que las fabricaron, jeringas de colores equivocados, empaques de papas fritas de empresas que ya quebraron, juguetes de niños que ya crecieron y aprendieron a no preguntar adónde va la basura.

 

Jesús no dice nada.

 

Se sienta en la arena — que ya no es arena sino microplástico disfrazado de arena, la mentira más perfecta que construyó el progreso — y mira. Porque a veces el profeta no predica. A veces el profeta solo se sienta frente a lo que hicimos y deja que el silencio haga el trabajo que las palabras ya no pueden.

 

El silencio del profeta frente a la ruina es el único lenguaje que todavía no hemos convertido en contenido.

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II  Lo que encuentra

A su izquierda, una gaviota muerta con el buche lleno de confeti azul que el mar confundió con peces. No murió de hambre: murió de saciedad. Murió llena de nada. El cuerpo perfecto, las alas intactas, la mirada fija en un horizonte que ya no le pertenece. Nadie la encontrará. Nadie la contará. No tiene hashtag.

 

A su derecha, una botella de agua mineral — PUREZA PREMIUM · 2.500 pesos la unidad — que lleva diecisiete años viajando desde una playa de Lima hasta aquí, pasando por corrientes que los oceanógrafos nombran con la neutralidad de quien catalogó demasiado dolor. Todavía se lee el eslogan en la etiqueta desvanecida:

 

“La naturaleza en tus manos.”

 

La ironía no necesita subrayado. El océano ya se encargó.

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III  La geografía del crimen

Frente a Él, hasta donde alcanza la vista y más allá: el Gran Parche de Basura del Pacífico. Dos veces el tamaño de México. Invisible desde la superficie para quien no sepa mirar. Perfectamente visible para quien lleva dos mil años mirando lo que los humanos prefieren no ver.

 

No es una isla. No es un continente. Es un estado de ánimo que se convirtió en geografía.

 

Dos veces el tamaño de México.

Y sin embargo no aparece en ningún mapa.

Solo en los estómagos de los peces.

Solo en la leche materna.

Solo en la sangre de los que nunca tiraron nada al mar.

— fragmento sin fuente, porque la fuente somos todos

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IV  Lo que recuerda

Jesús recuerda el momento exacto en que dijo "la tierra es del Señor y todo lo que hay en ella". Recuerda haberlo dicho frente a pescadores que olían a sal y conocían el nombre de cada corriente. Recuerda que lo citaron en iglesias durante mil años mientras firmaban los permisos de extracción en el mismo pupitre donde oraban.

 

Recuerda cuando caminó sobre las aguas del mar de Galilea. Ahora mira este mar y calcula: con suficiente densidad de plástico compactado, técnicamente podría caminar sobre él también. El milagro ya no sería necesario. La humanidad construyó el piso sola.

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V  El llanto que no viene

Jesús no llora frente al mar de plástico.

 

No porque no le duela. Sino porque hay un tipo de devastación tan total, tan metódica, tan deliberadamente acumulada durante décadas por personas que sabían exactamente lo que estaban haciendo, que las lágrimas no alcanzan. Son un gesto demasiado pequeño para la escala del crimen. Son una gota en el océano — y el océano ya tiene demasiado de todo.

 

Lloró en Betania por Lázaro — un hombre. Un amigo. Una muerte con nombre y con familia que esperaba afuera de la tumba.

 

Aquí el muerto es un océano. Y el océano no tiene tumba porque la tumba es el océano. Y los deudos somos nosotros. Y nadie está esperando afuera. Y nadie sabe bien si llorar o si publicar una foto del mar con un filtro azul y el caption: "Cuidemos el planeta 🌊 #Sostenibilidad."

 

Así que no llora. Respira. Y cada respiración huele a sal y a polietileno. A lo que fue y a lo que pusimos en su lugar.

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VI  La mano en el agua

Mete la mano en el agua.

 

No para purificarla — no viene a hacer magia barata, no vino a ser el detergente ecológico de nadie. La mete para sentirla. Para que el océano sepa que alguien lo tocó sin querer extraer nada. Sin botella. Sin filtro. Sin aplicación de hidratación que registre el gesto como contenido. Sin foto. Sin testigos. Sin propósito que no sea este: estar presente en el dolor de algo que no puede gritar.

 

El agua está tibia. Demasiado tibia para febrero.

 

Y en esa temperatura equivocada — apenas dos grados por encima de lo que debería ser, apenas lo suficiente para que los corales blanqueen, para que los glaciares calculen su propia muerte, para que los niños de las islas del Pacífico aprendan la palabra éxodo antes de aprender a nadar — está resumida toda la historia del último siglo mejor que en cualquier informe, mejor que en cualquier cumbre climática, mejor que en cualquier discurso de cualquier presidente que nunca vivió cerca del mar.

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VII  Lo que el agua recuerda

Ha visto lo que el agua guarda aunque los hombres olviden:

 

·        El año en que una empresa supo que su producto destruía el clima y contrató científicos para decir lo contrario, y esos científicos tenían hijos que amaban el mar.

·        El momento exacto en que alguien decidió que envolver una manzana en plástico era más eficiente que vender la manzana.

·        Las reuniones de directivos donde calcularon el costo de limpiar versus el costo de hacer lobby para no limpiar, y eligieron el lobby porque el océano no tiene contador.

·        Los tratados internacionales que murieron en sala de espera mientras el plástico seguía viajando.

·        Los niños de las comunidades costeras de Colombia, de Ecuador, de Perú, que aprendieron a pescar basura antes que peces, y que lo llaman trabajo porque nadie les enseñó que podría ser otra cosa.

·        Las ballenas que llegan a las playas con el estómago lleno de bolsas que alguien usó tres minutos para cargar el mercado.

 

Ha visto todo eso. Y aun así tiene la mano en el agua. Aun así está aquí.

 

Esa es la diferencia entre el profeta y el político: el político retira la mano cuando el agua está sucia. El profeta la deja más tiempo.

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VIII  El sermón no pronunciado

Si hubiera alguien escuchando — y no hay nadie, ese es el punto, ese es el corazón de todo esto — Jesús diría algo como lo siguiente, en voz muy baja, con la mano todavía en el agua tibia:

 

Les di un jardín.

Me devolvieron un vertedero con buena iluminación y servicio de streaming.

 

Les di agua.

Me devolvieron agua con memoria de plástico y precio de boutique.

 

Les di océanos.

Me devolvieron estadísticas de contaminación en presentaciones de PowerPoint

para cumbres climáticas donde sirven agua en botellas de plástico.

 

No vine a salvar el planeta.

El planeta me lleva ventaja en resiliencia.

Vine a preguntarles cuándo decidieron que el empaque valía más que el contenido.

Que la botella era más sagrada que el agua.

Que el producto era más real que la fuente.

— el sermón que el mar escuchó sin necesitar traducción

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IX  Lo que deja

Cuando se va, no limpia la playa. No hace el gesto fotogénico del voluntario de fin de semana con bolsa verde y guantes amarillos y publicación motivacional los lunes. No viene a remendar lo que exige ser reconstruido desde los cimientos.

 

Deja una sola cosa: la pregunta flotando sobre el plástico, invisible como el ozono, persistente como el poliestireno, indestructible como todo aquello que el mar ya no puede digerir:

 

¿En qué momento confundieron la comodidad con el derecho,

el derecho con el olvido,

y el olvido con el progreso?

 

Nadie la escucha.

 

El mar de plástico sigue respirando con esa respiración lenta y gris de lo que ya no es lo que fue pero tampoco sabe cómo morir del todo.

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X  La coda

Y en algún lugar de Lima, de Bogotá, de Ciudad de México, de Medellín, de cualquier ciudad donde el mar es una postal y no una responsabilidad, alguien acaba de abrir una botella de agua de marca PUREZA PREMIUM y la ha tirado en la calle porque el tacho de basura quedaba lejos.

 

La botella empieza su viaje.

 

Diecisiete años, más o menos. Dependiendo de las corrientes.

 

Jesús ya no está en la orilla para recibirla. Pero el mar sí. El mar siempre está.

 

El mar no olvida lo que le damos. Solo lo guarda.

 

“La tierra fue entregada en mano de los malvados;

él cubre el rostro de sus jueces.

Si no es él, ¿quién es entonces?”

— Job 9:24

 

Deivid Ice

Colombia · 2026 · Poesía en prosa

Escrita en las orillas de todo lo que hemos perdido y todavía no hemos llorado bien. Inspirada en el Gran Parche de Basura del Pacífico, en las gaviotas que no tienen hashtag, en los oceanógrafos que publican datos que nadie lee, y en los niños costeros que aprendieron a pescar basura antes que peces. Para los ríos que todavía pelean. Para los mares que guardan memoria.








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