martes, 24 de marzo de 2026

Running Campeche la carrera que hizo historia en las montañas de Cundinamarca

 



 

Cuando el campo decidió ponerse las botas

Había una vez un mundo donde los supermercados prometían felicidad en cajas de colores, donde las multinacionales pintaban de verde sus empaques para parecer saludables, y donde un tomate podía viajar más kilómetros que un turista europeo antes de llegar a tu mesa. En ese mundo —nuestro mundo— alguien tuvo una idea descabellada, hermosa y necesaria:

¿Y si hacemos una carrera donde el uniforme oficial sea la ruana?

Así nació Running Campeche. No con zapatillas de última tecnología. No con geles energéticos de sabor a frutas artificiales. No con ropa deportiva de fibra óptica importada de no sé dónde. Nació con botas de caucho, sombrero tejido a mano y ruana artesanal. Nació desde el corazón del altiplano colombiano, donde la tierra huele a historia y cada surco cuenta una epopeya silenciosa.

La Fundación Lozano del Campo, liderada por el presidente Stiven Herrera —el hombre que ya había corrido por toda Sudamérica y que claramente no conoce el significado de la palabra suficiente— junto al empresario Jorge Lozano, decidieron que era hora de rendirle homenaje a los verdaderos atletas de este país: los campesinos y campesinas que llevan décadas corriendo contra el tiempo, contra las plagas, contra el mercado, contra todo.

Y que conste: lo lograron.


El Reglamento más elegante del mundo del deporte

Antes de arrancar, hay que hablar de las reglas. Porque esta carrera tenía reglas. Pero no esas reglas aburridas de "no cortar camino" o "presenta tu chip de cronometraje". No, señor. Estas reglas eran un manifiesto cultural:

Regla número uno: La ruana. Tejida a mano por artesanos de cualquier rincón del país. Sin ruana, no hay carrera. Sin ruana, no hay medalla. Sin ruana, amigo citadino, puedes irte a correr tu maratón con tus zapatos de carbono y tu audífono inalámbrico.

Regla número dos: El sombrero. También tejido a mano, también artesanal, también cargado de identidad. Un sombrero que ha visto lluvias, cosechas y amaneceres que ninguna app del celular puede fotografiar con justicia.

Regla número tres: Las botas de caucho. Esas botas negras, sólidas, contundentes, que han pisado barro, riachuelos y lomas empinadas desde antes de que existiera el concepto de "running shoe". Las mismas botas con las que el campesino colombiano sale a las cuatro de la mañana sin quejarse en Twitter.

Esa pinta —ruana, sombrero y botas— era la única válida para la premiación. Si llegabas de primero con tenis Nike, quedabas de último en la memoria. Porque aquí no ganaba el más rápido. Ganaba el más auténtico.

Y que colombiano que se respete no tiene su ruana familiar guardada en algún cajón, heredada del abuelo, oliendo a frío de páramo y a domingo de mercado. Esta carrera era la excusa perfecta para desempolvarla.


El premio más bacano del Atletismo Nacional

Hablemos del premio. Porque si vas a hacer una carrera digna, el premio tiene que estar a la altura.

Nada de trofeos de plástico dorado que se rompen al primer trancazo. Nada de cheques simbólicos que no alcanzan ni para el pasaje de regreso. Los seis ganadores —tres hombres, tres mujeres— recibieron una medalla de plata con esmeralda engastada, hecha artesanalmente por mineros de Muzo, Boyacá. La esmeralda más fina del mundo, la que hace que los joyeros de todo el planeta nos miren con envidia, engarzada en una medalla que era, al mismo tiempo, un objeto de arte, un símbolo de riqueza cultural y una declaración de principios:

El campo colombiano vale oro. Y esmeralda. Y todo lo que le pongan.

Ninguna medalla olímpica tiene esa historia detrás. Ninguna.


La bajada de Fusagasugá cuando el viento se puso travieso

Llegó el día. El sol ya amenazaba desde temprano con sus intenciones más despiadadas. La carrera arrancó a unos diez kilómetros de Arbeláez, en la vía que baja desde Fusagasugá — una bajada de esas que hacen que tus rodillas entren en negociaciones con tu cerebro.

Más de cien competidores se alinearon. Corredores de la zona con ese paso firme de quien conoce cada piedra del camino. Y uno que otro corredor citadino que llegó con cara de "yo también soy del campo, mi bisabuelo tenía una huerta".

Sonó la señal de salida.

Y ahí fue cuando Colombia se volvió una película.

Los ruanados bajaron esa pendiente a velocidades que rondaban los 20 kilómetros por hora. Veinte. Con botas de caucho. Con ruana ondeando al viento como capa de superhéroe regional. Con sombrero puesto —o intento de puesto— porque fue precisamente ahí donde la naturaleza decidió participar sin inscribirse:

El viento.

Ese viento cundinamarqués, fresco y sin aviso, empezó a hacer de las suyas. Los sombreros que no venían bien amarrados comenzaron a despegar. Uno. Dos. Diez. Sombreros volando por los aires como si el cielo hubiera abierto un almacén artesanal sin querer. Los corredores hacían malabarismos imposibles: una mano sosteniendo el sombrero, la otra equilibrando la ruana, y las botas golpeando el asfalto caliente con un ritmo contundente, rítmico, casi musical.

Tun. Tun. Tun. Tun.

Como una banda sonora que nadie ensayó pero todos sintieron. Las botas contra el pavimento caliente formaban la percusión de una canción que ya existía, que ya alguien había compuesto como si supiera que este momento llegaría:

"Olor a tierra y color de ciudad / que son las alas de mi libertad"

Porque eso eran esas ruanas ondeando a 20 km/h cuesta abajo: alas de libertad.


La fiesta que nadie planeó pero todos sintieron

A lado y lado de la vía, algo extraordinario ocurría. La gente salió. Los curiosos, los vecinos, los que iban de paso, los que simplemente sintieron el ruido de las botas y se asomaron a ver qué era ese espectáculo.

Y se quedaron.

Aplausos. Gritos. Voces que animaban sin parar. Niños señalando las ruanas con ojos grandes. Abuelas reconociendo en esas prendas algo que habían visto toda la vida y que ahora, por alguna razón, se veía distinto. Más brillante. Más orgulloso.

La carrera no era solo una competencia. Era una procesión de identidad. Era el campo marchando por la carretera con cabeza en alto, sombrero en mano —porque el viento, ya saben— y corazón desbordado.

Y en medio de todo eso, si uno cerraba los ojos un segundo, casi podía escuchar el grito:

"¡PADRINOOOO!"

Ese grito espontáneo, festivo, sin protocolo, que aparece cuando algo es tan auténtico que no cabe en los formatos establecidos. Ese grito que en la canción de Los Rolling Ruanas rompe toda solemnidad para recordarnos que esto es una fiesta. Siempre fue una fiesta.


 Arbeláez donde los Campesinos reclamaron su corona

La caravana ruanada llegó a Arbeláez entre aplausos y celebraciones que ya no tenían para cuándo parar.

Y allí ocurrió lo que tenía que ocurrir: los campesinos y campesinas de la región —esos que conocen las botas no por moda sino por necesidad, que usan la ruana no como statement sino como abrigo, que llevan el sombrero no para la foto sino para el sol de las cinco de la mañana— se quedaron con los premios.

Con toda la justicia del mundo.

Sus piernas, acostumbradas a lomas reales, a jornadas de ocho horas en el campo, a terrenos que ninguna caminadora de gimnasio puede simular, les dieron una lección silenciosa y elegante a más de un corredor urbano que llegó pensando que con su VO2 máximo tenía el asunto resuelto.

Seis medallistas. Tres hombres. Tres mujeres. Cada uno con una esmeralda de Muzo brillando en el pecho como declaración definitiva:

El campo ganó. Como siempre ha ganado. Solo que ahora con medalla.


Las Ampollas y la Sabiduría

Ah, pero la historia no termina en el podio. La historia tiene un capítulo final que es, quizás, el más humano de todos.

Varios corredores urbanos —acostumbrados a la comodidad de las zapatillas de última tecnología, con su espuma reactiva y su soporte de arco y su suela de carbono— llegaron a la meta con algo que sus pies no habían sentido en mucho tiempo:

Ampollas.

Buenas. Honestas. Redondas. Las botas de caucho, nobles en el barro pero algo directas en el asfalto, les dejaron a más de uno un recuerdo táctil que duró varios días. Un souvenir que ninguna tienda de running vende pero que enseña más que cualquier podcast sobre bienestar.

Porque esas ampollas decían algo importante:

Que correr con el alma es diferente a correr con la tecnología. Que el cuerpo, cuando se le pide honestidad, responde con honestidad. Que el campesino que hace esto cada día, sin aplausos ni cronómetro, merece todo el respeto del mundo.

Y que con cualquier chagüalo —con cualquier bota, con cualquier ruana heredada, con cualquier sombrero prestado— se puede correr, siempre que se haga desde el corazón.


De Arbelaez a Tijuana

Running Campeche no fue solo una carrera. Fue una pregunta lanzada al viento cundiboyacense:

¿Qué pasaría si dejáramos de avergonzarnos de lo que somos?

En un mundo donde las multinacionales nos venden identidades empacadas al vacío, donde la comida chatarra ocupa más espacio en los andenes que las plazas de mercado, donde lo campesino se esconde y lo importado se exhibe — esta carrera fue un grito con botas puestas.

Un grito que viajó, como dice la canción, de Tunja a Tijuana.

"Por que esta fiesta es con traje de lana y que lo bailen de Tunja a Tijuana pa' que lo goces con Los Rolling Ruanas Onn put your ruanas on"

Pongan sus ruanas. Que la carrera apenas empieza.


Historia basada en hechos reales. Las ampollas son completamente verídicas.

Escrito por Deivid Ice:



Fotos tomadas del instagram de la organización del evento 




















 

jueves, 22 de enero de 2026

Rafael Correa: Berraquera, no hay nada imposible.

 


Rafael Correa: Berraquera, no hay nada imposible.

 

La historia de un hombre que desafió la montaña, venció la noche y convirtió el dolor en cima. 

 

Rafael, con 57 años y una vida marcada por la disciplina, el honor  y la lealtad en el Ejército nacional  de Colombia y la resiliencia de la enfermedad superada, sabía que no era solo una carrera: era un diálogo con su propio espíritu. El miedo lo acompañó desde la salida, un temor silencioso que se mezclaba con la ansiedad de la semana previa. Pero dio el primer paso, y con él, la certeza de que no había vuelta atrás. 

 

El amanecer en Mariquita se abrió con un aire pesado, como si la montaña quisiera advertirle a Rafael que aquel día no sería fácil. Ochenta y dos kilómetros de ascenso lo esperaban, un camino que parecía interminable, desde los 450 metros sobre el nivel del mar hasta la cima imponente del Alto de Letras, a 3.770 metros. 

 

Kilómetro tras kilómetro, la montaña se volvía más cruel. Después de las 10:00 de la noche, la lluvia se hizo intensa y aún no llegaba a Fresno, donde marcaban apenas 25 km. El camino no se hacía fácil y me preocupaba igualmente saber en qué condiciones llegaría a Padua, mucho más arriba del municipio de Fresno, con el clima cambiando totalmente. La incertidumbre se volvió tormenta: la lluvia no cedió hasta escapar a eso de las 4 de la mañana, convirtiendo el frío en otro problema a vencer. En “Las Delgaditas”, la inclinación parecía quebrar las piernas y la voluntad. El sudor se mezclaba con la lluvia de Fresno, y los calambres en el kilómetro 67 lo hicieron dudar. En el 68, la idea de rendirse se posó en su mente como una sombra. 

 

 

Fue entonces cuando la voz de su hija Andrea Carolina, irrumpió en el silencio del dolor: 

 

"Papá, has llegado demasiado lejos. Ya estás pasando la parte más difícil. Aunque el camino es fuerte, falta poco. No te rindas. Piensa en todo tu entrenamiento y sacrificio. Tienes todo mi apoyo. Vamos, papá, tú eres mi ejemplo de vida. Tú puedes lograrlo."

 

Las palabras se clavaron en su corazón como un faro en medio de la tormenta. La preocupación en sus ojos, la nostalgia en su rostro, la desesperación por su salud… todo se transformó en fuerza. Rafael entendió que no corría solo: cada paso era también el sueño de su hija, la fe de su familia, el aliento de los desconocidos que tocaban el claxon desde sus carros para animarlo. 

 

El espíritu se endureció. La montaña ya no era un enemigo, sino un espejo. Cada curva, cada desnivel, era la prueba de que la voluntad humana puede vencer lo imposible. Y así, con la berraquera que lo define, Rafael coronó el Alto de Letras. No con una sonrisa fácil, sino con el gesto del esfuerzo, con la mirada de quien sabe que la cima no es el final, sino el inicio de nuevos horizontes. 

 

Al llegar, no pensó en la gloria ni en el reconocimiento. Pensó en la palabra que lo había sostenido: ejemplo. Porque más allá de los kilómetros, de los calambres y del miedo, Rafael dejó en la montaña una enseñanza para todos los corredores: 

 

Que la decisión es el primer paso. Que la disciplina es el camino. Que el amor y la fe son la fuerza que nos levanta cuando el cuerpo quiere rendirse. 

 

Y que, al final, la cima no se mide en metros, sino en la grandeza del espíritu.

 

 

 

🏅 Presentación de las Competencias de Rafael Correa

 

🌍 Ultramaratones – Grandes Retos Superados

- Desierto100 km 

  Un desafío extremo bajo el sol abrasador, donde la resistencia se mide contra la inmensidad del desierto. 



- Del Mar a la Cima Trail – 110 km (versión 1) 

  Un recorrido épico desde la costa hasta las alturas, símbolo de transformación y ascenso personal. 


 - Pacifik Trail – 63 km 

  La fuerza del océano y la montaña en un mismo reto, donde la naturaleza pone a prueba cada paso. 


  

- Del Mar a la Cima – 80 km (versiones 2 y 3) 

  Repetir la hazaña demuestra disciplina y pasión: volver a la montaña para conquistarla una y otra vez sumo un desnivel de 6.115 metros de desnivel todo una hazaña.

- Valle de Tenza Trail – 50 km 

  Un reto en el corazón de Boyacá, donde la tradición y la tierra se convierten en escenario de resistencia.

- Alto de Letras – 82 km 

  La joya de la corona: uno de los ascensos más duros del mundo, desde Mariquita hasta los 3.770 metros. Aquí Rafael mostró su espíritu indomable, acompañado por la voz de su hija Andrea Carolina y el aliento de la gente.  


- Reto Boyacá – 99 km 

  Un desafío en su tierra natal, símbolo de pertenencia y orgullo, donde cada kilómetro honra sus raíces.



Maratón de Barranquilla:

Símbolo de versatilidad, demostrando que Rafael puede conquistar tanto la montaña como el calor del Caribe. 


Un reto vibrante en la costa atlántica, donde el calor y la alegría caribeña se mezclan con la exigencia física, demostrando que la berraquera también se mide bajo el sol ardiente. 


🏃 Maratones de montaña y calle – La escuela del espíritu

- Pacifik Trail – 2 maratones 

- Guatavita – 3 maratones 

- Valle de Tenza – 1 maratón 

- Del Mar a la Cima – 1 maratón 

- Suramericano Tunja – 1 maratón 

- Medellín – 2 maratones 

- Barranquilla - 1 maratón

 

Carrera Atletica de montaña

- Tibacuy – (2 versiones)

 

Cada maratón fue un peldaño en la construcción de su fortaleza. La montaña se convirtió en maestra, enseñándole disciplina, humildad y perseverancia. 

 

 

 

🌟 Ubicación de sus logros en el mejor lugar

- Alto de Letras (82 km): el punto más alto y simbólico de su carrera, comparable con coronar un Tour de Francia. 

- Del Mar a la Cima (110 km): su reto más largo, que representa la transformación de la vida desde la enfermedad hasta la cima. 

- Desierto 100 km: prueba de resistencia en condiciones extremas, donde la voluntad vence al entorno. 

- Reto Boyacá (99 km): orgullo de su tierra, un logro que conecta su identidad con el deporte. 

 

 

 

🌟Mensaje Inspirador

Rafael Correa no solo ha corrido kilómetros: ha corrido contra la adversidad, contra el miedo y contra la duda. Sus competencias son más que medallas; son testimonios de que la berraquera y la disciplina convierten lo imposible en realidad. 

 

Agradecimientos

 

En la cima del Alto de Letras, cuando el cuerpo ya había entregado todo y el espíritu se sostenía apenas en la fe, Rafael Correa supo que no estaba solo. Cada paso de la noche, cada kilómetro de ascenso, estuvo acompañado por dos presencias que se convirtieron en su fuerza invisible: 

 

 

- La señora Johana, del equipo logístico de Ricardo Soto, cuyo apoyo constante fue un pilar silencioso pero firme. 

 

- Su hija, Andrea Carolina que con palabras de aliento y preocupación genuina le devolvió la energía cuando el cansancio amenazaba con vencerlo.

 

- Norman Cardona, quien con su convocatoria y sus palabras de aliento y motivación, siempre presentes en las conversaciones telefónicas para ultimar detalles del ascenso, le dio la confianza necesaria para enfrentar la montaña con determinación.   

 

"Sin la ayuda de ellas dos, durante toda la noche, seguramente no hubiese sido capaz de completar el reto. Para ellas, todo mi agradecimiento." 

 

En estas palabras se resume la esencia de la carrera: no es solo el corredor quien conquista la montaña, sino la red de amor, apoyo y entrega que lo sostiene. Rafael reconoce que su triunfo es también el de quienes caminaron a su lado, cuidaron su salud, le ofrecieron agua, ánimo y esperanza.



 


 
















domingo, 4 de enero de 2026

Crónica desde el país donde la izquierda y la derecha se dieron la mano (y no se pelearon)

 



 

Cuando el mundo todavía cabía en una sopa

La humanidad no siempre estuvo tan dividida. Hubo un tiempo —según los archivos oficiales— en que la gente discutía por cosas simples: si la sopa llevaba sal o no, si el maíz se sembraba en luna llena o menguante.

Pero un día alguien decidió que era mejor dividir el mundo como un estadio de fútbol:
los de un lado gritando “izquierda”,
los del otro “derecha”,
y desde entonces nadie volvió a escuchar el partido completo.


Manual rápido para dividir un continente

En América Latina la división llegó en barco, con espada, con biblia, con decreto, con traje elegante y, más tarde, con PowerPoint.

Llegó diciendo:

“Tranquilos, venimos a civilizarlos”.

Y como suele pasar, civilizar fue sinónimo de ordenar el caos… creando uno más grande.

Primero nos dijeron que había que elegir bando.
Luego, que el que no elegía era sospechoso.
Después, que pensar distinto era peligroso.
Y finalmente, que odiarse era participación política.

Así aprendimos a vivir en campaña permanente.

El vecino dejó de ser vecino y pasó a ser “facho” o “mamerto”.
La conversación se volvió meme.
El meme se volvió doctrina.
Y la doctrina se volvió insulto.

Mientras tanto, el río seguía contaminándose en silencio.
El bosque seguía cayendo sin afiliación partidista.
Y la montaña —muy poco ideológica ella— seguía sosteniendo el cielo sin pedir presupuesto.


El gran accidente espacio-temporal

Pero una tarde cualquiera —un martes, porque las revoluciones siempre pasan en martes— ocurrió lo inesperado:

El tiempo se rompió.

Un error en la matriz de la realidad (provocado por un debate televisivo tan absurdo que el universo decidió reiniciarse) abrió un portal.

Y América Latina cayó… en sí misma.


El continente que recordó quién era

Despertamos en una versión alternativa del continente.

No había palacios presidenciales ni congresos eternos.
Había casas comunales, asambleas bajo árboles antiguos, autoridades que duraban poco porque servir mucho cansa, y decisiones que se tomaban lento… pero llegaban lejos.

Aquí nadie preguntaba:
—¿Usted es de izquierda o de derecha?

Preguntaban:
—¿Usted cuida el agua?
—¿Respeta la palabra dada?
—¿Piensa en los que aún no nacen?

La economía no corría: respiraba.
La política no gritaba: escuchaba.
La naturaleza no era un recurso: era pariente.

Las ciudades no crecían hacia arriba, crecían hacia adentro.
No había ministerios del medio ambiente porque todo era medio ambiente.
La educación no preparaba para competir, preparaba para convivir.

Y lo más escandaloso de todo:
la gente no se odiaba por pensar distinto, porque pensar distinto era considerado… normal.

Los cronistas de ese mundo repetían una frase inquietante:

“Aquí el poder no se toma, se cuida.
Y cuando alguien empieza a quererlo demasiado, se le invita a descansar.”


El regreso forzado

Pero el portal no era estable.

Como toda fantasía peligrosa, duró poco.
Un algoritmo electoral lo detectó.
Una encuesta lo desaprobó.
Y un noticiero lo desmintió.

Volvimos.

Regresamos a la realidad conocida:
titulares incendiarios,
redes sociales en guerra,
debates sin oído
y soluciones sin pueblo.

Todo seguía igual…
excepto nosotros.

Porque algo quedó vibrando.


Lo que quedó vibrando

Quedó la sospecha de que la división no es natural, es aprendida.
Que nadie nace de izquierda o de derecha, pero sí nace con sed, con hambre de justicia y con necesidad de pertenecer.
Que el problema no es la ideología, sino cuando reemplaza al sentido común y al cuidado de la vida.


Gotas de esperanza (no patrocinadas)

La esperanza no vendrá en campaña.
No bajará del Congreso.
No saldrá en cadena nacional.

La esperanza está ocurriendo ahora mismo, en voz baja:

En comunidades que se organizan sin permiso.

En jóvenes que defienden el territorio sin etiquetas.

En personas que apagan el celular para escuchar al otro.

En ciudadanos que entienden que cambiar el mundo empieza por cómo se relacionan con el de al lado.

Tal vez no volvamos pronto a ese otro tiempo.
Tal vez el portal ya se cerró.
O tal vez nunca estuvo afuera.

Tal vez ese futuro no es una ruptura del espacio-tiempo,
sino una ruptura de conciencia.

Y tal vez —solo tal vez— cuando dejemos de preguntarnos quién gana,
y empecemos a preguntarnos quién cuida,
el tiempo vuelva a abrirse…

esta vez para quedarse.








 

Running Campeche la carrera que hizo historia en las montañas de Cundinamarca

    Cuando el campo decidió ponerse las botas Había una vez un mundo donde los supermercados prometían felicidad en cajas de colores, ...