Cuando el campo decidió ponerse las botas
Había una vez un mundo donde los supermercados
prometían felicidad en cajas de colores, donde las multinacionales pintaban de
verde sus empaques para parecer saludables, y donde un tomate podía viajar más
kilómetros que un turista europeo antes de llegar a tu mesa. En ese mundo
—nuestro mundo— alguien tuvo una idea descabellada, hermosa y necesaria:
¿Y si hacemos una carrera donde el uniforme oficial
sea la ruana?
Así nació Running Campeche. No con
zapatillas de última tecnología. No con geles energéticos de sabor a frutas
artificiales. No con ropa deportiva de fibra óptica importada de no sé dónde.
Nació con botas de caucho, sombrero tejido a mano y ruana artesanal.
Nació desde el corazón del altiplano colombiano, donde la tierra huele a
historia y cada surco cuenta una epopeya silenciosa.
La Fundación Lozano del Campo, liderada por el
presidente Stiven Herrera —el hombre que ya había corrido por toda
Sudamérica y que claramente no conoce el significado de la palabra suficiente—
junto al empresario Jorge Lozano, decidieron que era hora de rendirle
homenaje a los verdaderos atletas de este país: los campesinos y campesinas que
llevan décadas corriendo contra el tiempo, contra las plagas, contra el
mercado, contra todo.
Y que conste: lo lograron.
El Reglamento más elegante del mundo del deporte
Antes de arrancar, hay que hablar de las reglas.
Porque esta carrera tenía reglas. Pero no esas reglas aburridas de "no
cortar camino" o "presenta tu chip de cronometraje". No, señor.
Estas reglas eran un manifiesto cultural:
Regla número uno: La ruana.
Tejida a mano por artesanos de cualquier rincón del país. Sin ruana, no hay
carrera. Sin ruana, no hay medalla. Sin ruana, amigo citadino, puedes irte a
correr tu maratón con tus zapatos de carbono y tu audífono inalámbrico.
Regla número dos: El
sombrero. También tejido a mano, también artesanal, también cargado de
identidad. Un sombrero que ha visto lluvias, cosechas y amaneceres que ninguna
app del celular puede fotografiar con justicia.
Regla número tres: Las botas de caucho. Esas botas negras, sólidas, contundentes, que han
pisado barro, riachuelos y lomas empinadas desde antes de que existiera el
concepto de "running shoe". Las mismas botas con las que el campesino
colombiano sale a las cuatro de la mañana sin quejarse en Twitter.
Esa pinta —ruana, sombrero y botas— era la
única válida para la premiación. Si llegabas de primero con tenis Nike,
quedabas de último en la memoria. Porque aquí no ganaba el más rápido. Ganaba
el más auténtico.
Y que colombiano que se respete no tiene su ruana
familiar guardada en algún cajón, heredada del abuelo, oliendo a frío de páramo
y a domingo de mercado. Esta carrera era la excusa perfecta para
desempolvarla.
El premio más bacano del Atletismo
Nacional
Hablemos del premio. Porque si vas a hacer una
carrera digna, el premio tiene que estar a la altura.
Nada de trofeos de plástico dorado que se rompen al
primer trancazo. Nada de cheques simbólicos que no alcanzan ni para el pasaje
de regreso. Los seis ganadores —tres hombres, tres mujeres— recibieron una medalla
de plata con esmeralda engastada, hecha artesanalmente por mineros de
Muzo, Boyacá. La esmeralda más fina del mundo, la que hace que los joyeros
de todo el planeta nos miren con envidia, engarzada en una medalla que era, al
mismo tiempo, un objeto de arte, un símbolo de riqueza cultural y una
declaración de principios:
El campo colombiano vale oro. Y esmeralda. Y todo
lo que le pongan.
Ninguna medalla olímpica tiene esa historia detrás.
Ninguna.
La bajada de Fusagasugá cuando el viento se puso travieso
Llegó el día. El sol ya amenazaba desde temprano
con sus intenciones más despiadadas. La carrera arrancó a unos diez kilómetros
de Arbeláez, en la vía que baja desde Fusagasugá — una bajada de esas
que hacen que tus rodillas entren en negociaciones con tu cerebro.
Más de cien competidores se alinearon. Corredores
de la zona con ese paso firme de quien conoce cada piedra del camino. Y uno que
otro corredor citadino que llegó con cara de "yo también soy del campo, mi
bisabuelo tenía una huerta".
Sonó la señal de salida.
Y ahí fue cuando Colombia se volvió una película.
Los ruanados bajaron esa pendiente a velocidades
que rondaban los 20 kilómetros por hora. Veinte. Con botas de caucho.
Con ruana ondeando al viento como capa de superhéroe regional. Con sombrero
puesto —o intento de puesto— porque fue precisamente ahí donde la naturaleza
decidió participar sin inscribirse:
El viento.
Ese viento cundinamarqués, fresco y sin aviso,
empezó a hacer de las suyas. Los sombreros que no venían bien amarrados
comenzaron a despegar. Uno. Dos. Diez. Sombreros volando por los aires como si
el cielo hubiera abierto un almacén artesanal sin querer. Los corredores hacían
malabarismos imposibles: una mano sosteniendo el sombrero, la otra equilibrando
la ruana, y las botas golpeando el asfalto caliente con un ritmo contundente,
rítmico, casi musical.
Tun. Tun. Tun. Tun.
Como una banda sonora que nadie ensayó pero todos
sintieron. Las botas contra el pavimento caliente formaban la percusión de una
canción que ya existía, que ya alguien había compuesto como si supiera que este
momento llegaría:
"Olor a tierra y color de ciudad / que son las
alas de mi libertad"
Porque eso eran esas ruanas ondeando a 20 km/h
cuesta abajo: alas de libertad.
La fiesta que nadie planeó pero todos sintieron
A lado y lado de la vía, algo extraordinario
ocurría. La gente salió. Los curiosos, los vecinos, los que iban de paso, los
que simplemente sintieron el ruido de las botas y se asomaron a ver qué era ese
espectáculo.
Y se quedaron.
Aplausos. Gritos. Voces que animaban sin parar.
Niños señalando las ruanas con ojos grandes. Abuelas reconociendo en esas
prendas algo que habían visto toda la vida y que ahora, por alguna razón, se
veía distinto. Más brillante. Más orgulloso.
La carrera no era solo una competencia. Era una procesión
de identidad. Era el campo marchando por la carretera con cabeza en alto,
sombrero en mano —porque el viento, ya saben— y corazón desbordado.
Y en medio de todo eso, si uno cerraba los ojos un
segundo, casi podía escuchar el grito:
"¡PADRINOOOO!"
Ese grito espontáneo, festivo, sin protocolo, que
aparece cuando algo es tan auténtico que no cabe en los formatos establecidos.
Ese grito que en la canción de Los Rolling Ruanas rompe toda solemnidad para
recordarnos que esto es una fiesta. Siempre fue una fiesta.
Arbeláez donde los Campesinos reclamaron su corona
La caravana ruanada llegó a Arbeláez entre
aplausos y celebraciones que ya no tenían para cuándo parar.
Y allí ocurrió lo que tenía que ocurrir: los
campesinos y campesinas de la región —esos que conocen las botas no por moda
sino por necesidad, que usan la ruana no como statement sino como abrigo, que
llevan el sombrero no para la foto sino para el sol de las cinco de la mañana— se
quedaron con los premios.
Con toda la justicia del mundo.
Sus piernas, acostumbradas a lomas reales, a
jornadas de ocho horas en el campo, a terrenos que ninguna caminadora de
gimnasio puede simular, les dieron una lección silenciosa y elegante a más de
un corredor urbano que llegó pensando que con su VO2 máximo tenía el asunto
resuelto.
Seis medallistas. Tres hombres. Tres mujeres. Cada
uno con una esmeralda de Muzo brillando en el pecho como declaración
definitiva:
El campo ganó. Como siempre ha ganado. Solo que
ahora con medalla.
Las
Ampollas y la Sabiduría
Ah, pero la historia no termina en el podio. La
historia tiene un capítulo final que es, quizás, el más humano de todos.
Varios corredores urbanos —acostumbrados a la comodidad
de las zapatillas de última tecnología, con su espuma reactiva y su soporte de
arco y su suela de carbono— llegaron a la meta con algo que sus pies no habían
sentido en mucho tiempo:
Ampollas.
Buenas. Honestas. Redondas. Las botas de caucho,
nobles en el barro pero algo directas en el asfalto, les dejaron a más de uno
un recuerdo táctil que duró varios días. Un souvenir que ninguna tienda
de running vende pero que enseña más que cualquier podcast sobre bienestar.
Porque esas ampollas decían algo importante:
Que correr con el alma es diferente a correr con la
tecnología. Que el cuerpo, cuando se le pide honestidad, responde con
honestidad. Que el campesino que hace esto cada día, sin aplausos ni cronómetro,
merece todo el respeto del mundo.
Y que con cualquier chagüalo —con cualquier bota, con cualquier ruana heredada, con cualquier sombrero prestado— se puede correr, siempre que se haga desde el corazón.
De Arbelaez a Tijuana
Running Campeche no fue solo una carrera. Fue una
pregunta lanzada al viento cundiboyacense:
¿Qué pasaría si dejáramos de avergonzarnos de lo
que somos?
En un mundo donde las multinacionales nos venden
identidades empacadas al vacío, donde la comida chatarra ocupa más espacio en
los andenes que las plazas de mercado, donde lo campesino se esconde y lo
importado se exhibe — esta carrera fue un grito con botas puestas.
Un grito que viajó, como dice la canción, de Tunja
a Tijuana.
"Por que esta fiesta es con traje de lana y que lo bailen de Tunja a Tijuana pa' que lo goces con Los
Rolling Ruanas Onn put your ruanas on"
Pongan sus ruanas. Que la carrera apenas empieza.
Historia basada en hechos reales. Las ampollas son
completamente verídicas.
Escrito por Deivid Ice:
Fotos tomadas del instagram de la organización del evento

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