Hoy,
9 de abril, Colombia conmemora el Día Nacional de la Memoria y Solidaridad con
las Víctimas del Conflicto Armado. Esta fecha no es un simple recordatorio de
un pasado doloroso, sino un llamado urgente a la conciencia colectiva, una
invitación a detenernos y reflexionar sobre las profundas heridas que la
violencia ha infligido en nuestra sociedad y a reafirmar nuestro compromiso con
un futuro de paz y reconciliación.
Durante
décadas, el conflicto armado colombiano ha dejado una estela de sufrimiento incalculable.
Millones de compatriotas han sido víctimas de la muerte, la desaparición
forzada, el desplazamiento, la tortura, la violencia sexual y muchas otras
formas de barbarie. Detrás de cada cifra, detrás de cada estadística, hay
rostros, historias de vida truncadas, familias destrozadas y comunidades
enteras marcadas por el trauma.
La
investigación sobre el conflicto armado nos revela la complejidad de sus
causas, la multiplicidad de actores involucrados y la diversidad de las
experiencias de las víctimas. Nos muestra la crueldad de los hechos, pero
también la resiliencia admirable de quienes han sobrevivido y luchan por
reconstruir sus vidas y sus comunidades. Conocer esta verdad, por dolorosa que
sea, es un paso fundamental para sanar las heridas y evitar la repetición.
Conmemorar
este día implica mucho más que un minuto de silencio. Requiere una memoria activa, una disposición a escuchar las voces de
las víctimas, a reconocer su dignidad y a comprender la magnitud de su
sufrimiento. Implica confrontar nuestro pasado con valentía y honestidad, sin
negacionismos ni justificaciones. Significa entender que el dolor de una
víctima es el dolor de toda la sociedad.
La
solidaridad se erige como un pilar fundamental en este
proceso. No basta con sentir lástima; es necesario actuar, apoyar las
iniciativas de las víctimas, exigir justicia y reparación integral, y trabajar
incansablemente por la construcción de una sociedad más equitativa y respetuosa
de los derechos humanos. La solidaridad se traduce en empatía, en ponernos en
el lugar del otro, en reconocer su humanidad y en comprometernos a no ser
indiferentes ante su dolor.
Este
9 de abril nos interpela como sociedad. Nos pregunta qué hemos aprendido del
pasado, qué estamos haciendo en el presente y qué futuro queremos construir. La
respuesta no puede ser la indiferencia ni el olvido. La respuesta debe ser un
compromiso firme con la verdad, la justicia, la reparación y, sobre todo, con
la no repetición.
La
paz no es solo la ausencia de conflicto armado; es la construcción de una
sociedad donde la dignidad humana sea el principio rector, donde la justicia
sea accesible para todos, donde la memoria sea un faro que ilumine el camino
hacia la reconciliación. Este día nos recuerda que esa paz anhelada se
construye día a día, con cada acto de memoria, con cada gesto de solidaridad,
con cada esfuerzo por comprender y sanar las heridas del pasado.
Que
este 9 de abril no sea solo una fecha en el calendario, sino un detonante de conciencia, un impulso para que cada
colombiano y colombiana asuma su responsabilidad en la construcción de un
futuro donde la violencia no tenga cabida y donde la memoria de las víctimas
sea un legado de esperanza y un recordatorio constante de la importancia de la
paz. La solidaridad activa es el camino hacia una Colombia más justa, más
humana y en paz.
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