Cuando el mundo todavía cabía en una sopa
La humanidad no siempre
estuvo tan dividida. Hubo un tiempo —según los archivos oficiales— en que la
gente discutía por cosas simples: si la sopa llevaba sal o no, si el maíz se
sembraba en luna llena o menguante.
Pero un día alguien
decidió que era mejor dividir el mundo como un estadio de fútbol:
los de un lado gritando “izquierda”,
los del otro “derecha”,
y desde entonces nadie volvió a escuchar el partido completo.
Manual rápido para
dividir un continente
En América Latina la
división llegó en barco, con espada, con biblia, con decreto, con traje
elegante y, más tarde, con PowerPoint.
Llegó diciendo:
“Tranquilos, venimos a
civilizarlos”.
Y como suele pasar, civilizar
fue sinónimo de ordenar el caos… creando uno más grande.
Primero nos dijeron que
había que elegir bando.
Luego, que el que no elegía era sospechoso.
Después, que pensar distinto era peligroso.
Y finalmente, que odiarse era participación política.
Así aprendimos a vivir en
campaña permanente.
El vecino dejó de ser
vecino y pasó a ser “facho” o “mamerto”.
La conversación se volvió meme.
El meme se volvió doctrina.
Y la doctrina se volvió insulto.
Mientras tanto, el río
seguía contaminándose en silencio.
El bosque seguía cayendo sin afiliación partidista.
Y la montaña —muy poco ideológica ella— seguía sosteniendo el cielo sin pedir
presupuesto.
El gran accidente
espacio-temporal
Pero una tarde cualquiera
—un martes, porque las revoluciones siempre pasan en martes— ocurrió lo
inesperado:
El tiempo se rompió.
Un error en la matriz de
la realidad (provocado por un debate televisivo tan absurdo que el universo
decidió reiniciarse) abrió un portal.
Y América Latina cayó… en
sí misma.
El continente que recordó
quién era
Despertamos en una
versión alternativa del continente.
No había palacios
presidenciales ni congresos eternos.
Había casas comunales, asambleas bajo árboles antiguos, autoridades que duraban
poco porque servir mucho cansa, y decisiones que se tomaban lento… pero
llegaban lejos.
Aquí nadie preguntaba:
—¿Usted es de izquierda o de derecha?
Preguntaban:
—¿Usted cuida el agua?
—¿Respeta la palabra dada?
—¿Piensa en los que aún no nacen?
La economía no corría:
respiraba.
La política no gritaba: escuchaba.
La naturaleza no era un recurso: era pariente.
Las ciudades no crecían
hacia arriba, crecían hacia adentro.
No había ministerios del medio ambiente porque todo era medio ambiente.
La educación no preparaba para competir, preparaba para convivir.
Y lo más escandaloso de
todo:
la gente no se odiaba por pensar distinto, porque pensar distinto era
considerado… normal.
Los cronistas de ese
mundo repetían una frase inquietante:
“Aquí el poder no se
toma, se cuida.
Y cuando alguien empieza a quererlo demasiado, se le invita a descansar.”
El regreso forzado
Pero el portal no era
estable.
Como toda fantasía
peligrosa, duró poco.
Un algoritmo electoral lo detectó.
Una encuesta lo desaprobó.
Y un noticiero lo desmintió.
Volvimos.
Regresamos a la realidad
conocida:
titulares incendiarios,
redes sociales en guerra,
debates sin oído
y soluciones sin pueblo.
Todo seguía igual…
excepto nosotros.
Porque algo quedó
vibrando.
Lo que quedó vibrando
Quedó la sospecha de que
la división no es natural, es aprendida.
Que nadie nace de izquierda o de derecha, pero sí nace con sed, con hambre de
justicia y con necesidad de pertenecer.
Que el problema no es la ideología, sino cuando reemplaza al sentido común y al
cuidado de la vida.
Gotas de esperanza (no
patrocinadas)
La esperanza no vendrá en
campaña.
No bajará del Congreso.
No saldrá en cadena nacional.
La esperanza está
ocurriendo ahora mismo, en voz baja:
En comunidades que se
organizan sin permiso.
En jóvenes que defienden
el territorio sin etiquetas.
En personas que apagan el
celular para escuchar al otro.
En ciudadanos que
entienden que cambiar el mundo empieza por cómo se relacionan con el de al
lado.
Tal vez no volvamos
pronto a ese otro tiempo.
Tal vez el portal ya se cerró.
O tal vez nunca estuvo afuera.
Tal vez ese futuro no es
una ruptura del espacio-tiempo,
sino una ruptura de conciencia.
Y tal vez —solo tal vez—
cuando dejemos de preguntarnos quién gana,
y empecemos a preguntarnos quién cuida,
el tiempo vuelva a abrirse…
esta vez para quedarse.

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