domingo, 4 de enero de 2026

Crónica desde el país donde la izquierda y la derecha se dieron la mano (y no se pelearon)

 



 

Cuando el mundo todavía cabía en una sopa

La humanidad no siempre estuvo tan dividida. Hubo un tiempo —según los archivos oficiales— en que la gente discutía por cosas simples: si la sopa llevaba sal o no, si el maíz se sembraba en luna llena o menguante.

Pero un día alguien decidió que era mejor dividir el mundo como un estadio de fútbol:
los de un lado gritando “izquierda”,
los del otro “derecha”,
y desde entonces nadie volvió a escuchar el partido completo.


Manual rápido para dividir un continente

En América Latina la división llegó en barco, con espada, con biblia, con decreto, con traje elegante y, más tarde, con PowerPoint.

Llegó diciendo:

“Tranquilos, venimos a civilizarlos”.

Y como suele pasar, civilizar fue sinónimo de ordenar el caos… creando uno más grande.

Primero nos dijeron que había que elegir bando.
Luego, que el que no elegía era sospechoso.
Después, que pensar distinto era peligroso.
Y finalmente, que odiarse era participación política.

Así aprendimos a vivir en campaña permanente.

El vecino dejó de ser vecino y pasó a ser “facho” o “mamerto”.
La conversación se volvió meme.
El meme se volvió doctrina.
Y la doctrina se volvió insulto.

Mientras tanto, el río seguía contaminándose en silencio.
El bosque seguía cayendo sin afiliación partidista.
Y la montaña —muy poco ideológica ella— seguía sosteniendo el cielo sin pedir presupuesto.


El gran accidente espacio-temporal

Pero una tarde cualquiera —un martes, porque las revoluciones siempre pasan en martes— ocurrió lo inesperado:

El tiempo se rompió.

Un error en la matriz de la realidad (provocado por un debate televisivo tan absurdo que el universo decidió reiniciarse) abrió un portal.

Y América Latina cayó… en sí misma.


El continente que recordó quién era

Despertamos en una versión alternativa del continente.

No había palacios presidenciales ni congresos eternos.
Había casas comunales, asambleas bajo árboles antiguos, autoridades que duraban poco porque servir mucho cansa, y decisiones que se tomaban lento… pero llegaban lejos.

Aquí nadie preguntaba:
—¿Usted es de izquierda o de derecha?

Preguntaban:
—¿Usted cuida el agua?
—¿Respeta la palabra dada?
—¿Piensa en los que aún no nacen?

La economía no corría: respiraba.
La política no gritaba: escuchaba.
La naturaleza no era un recurso: era pariente.

Las ciudades no crecían hacia arriba, crecían hacia adentro.
No había ministerios del medio ambiente porque todo era medio ambiente.
La educación no preparaba para competir, preparaba para convivir.

Y lo más escandaloso de todo:
la gente no se odiaba por pensar distinto, porque pensar distinto era considerado… normal.

Los cronistas de ese mundo repetían una frase inquietante:

“Aquí el poder no se toma, se cuida.
Y cuando alguien empieza a quererlo demasiado, se le invita a descansar.”


El regreso forzado

Pero el portal no era estable.

Como toda fantasía peligrosa, duró poco.
Un algoritmo electoral lo detectó.
Una encuesta lo desaprobó.
Y un noticiero lo desmintió.

Volvimos.

Regresamos a la realidad conocida:
titulares incendiarios,
redes sociales en guerra,
debates sin oído
y soluciones sin pueblo.

Todo seguía igual…
excepto nosotros.

Porque algo quedó vibrando.


Lo que quedó vibrando

Quedó la sospecha de que la división no es natural, es aprendida.
Que nadie nace de izquierda o de derecha, pero sí nace con sed, con hambre de justicia y con necesidad de pertenecer.
Que el problema no es la ideología, sino cuando reemplaza al sentido común y al cuidado de la vida.


Gotas de esperanza (no patrocinadas)

La esperanza no vendrá en campaña.
No bajará del Congreso.
No saldrá en cadena nacional.

La esperanza está ocurriendo ahora mismo, en voz baja:

En comunidades que se organizan sin permiso.

En jóvenes que defienden el territorio sin etiquetas.

En personas que apagan el celular para escuchar al otro.

En ciudadanos que entienden que cambiar el mundo empieza por cómo se relacionan con el de al lado.

Tal vez no volvamos pronto a ese otro tiempo.
Tal vez el portal ya se cerró.
O tal vez nunca estuvo afuera.

Tal vez ese futuro no es una ruptura del espacio-tiempo,
sino una ruptura de conciencia.

Y tal vez —solo tal vez— cuando dejemos de preguntarnos quién gana,
y empecemos a preguntarnos quién cuida,
el tiempo vuelva a abrirse…

esta vez para quedarse.








 

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