Muy buenas, familia TAF. Espero que se encuentren
bien y, para salirnos un poco de las noticias del covid, volvamos a nuestra
historia.
Pensaba que después de Medellín ya era todo por ese
año, pero el grupo TAF es dinámico, es activo y no da tregua.
En la siguiente semana ya el maestro campeón Luis
Martín Bonilla, que había tenido una excelente carrera en la maratón, estaba
corriendo otra vez, esta vez en la media maratón del Sisga. Primer puesto, con
lujo de detalles: premio a su disciplina y constancia, premio a su dedicación.
Se pasó esa semana y empezaron a planear "San
Silvestre en Tibacuy". En cabeza de Camilo, Willson, Roberto y Luis
Martín, se cranearon ese reto.
Casi nada. Lo máximo que había corrido eran los
veintiún kilómetros de una media maratón, y ahora treinta, en montaña. Estaban
locos. Sí, definitivamente. Pero comenzó el proceso y entrenaba en la montaña,
le dábamos duro y la mente estaba puesta allá. Hubo un pequeño receso para
participar en el duatlón de integración que organiza otro referente del grupo,
Moisés, que con su experiencia y ejemplo de campeón nos anima y entusiasma a
continuar con la unión.
Y se llegó el día, sí señor. Después de la travesía
de casi cinco horas desde Bogotá, por fin llegamos al Boquerón. Estaba fresco
el día porque había llovido en la noche. Afortunadamente, porque no sabía lo
que nos esperaba.
Desde la arrancada va para arriba. Por el kilómetro
seis, aproximadamente, alcancé a Yorvin. Lo había visto poco, casi no lo
conocía, pero ahí comencé a conocerlo. Ya iba con calambres, pero hasta la meta
demostró su coraje, pundonor y tesón. En el camino vimos a lo lejos cómo un
campesino masajeaba a un atleta en un mesón. Pensamos que era Soto, pero cuando
nos acercamos vimos que preparaba un lechón para fin de año.
Llegamos hasta Cumaca, el lugar donde nuestro
compañero Marcos monta una mesa año tras año para hidratar y alimentar a los
corredores del TAF.
Ya casi no había nada porque hasta las papas las
acabó Darío, quien es un combo metido en un solo Tigre, lleno de fortaleza,
nobleza y generosidad.
Terminamos la carrera y en la meta nos recibieron
Tigre y Roberto con frascos de hidratación. Pasamos por el almuerzo y quedamos
en volver. Completé treinta kilómetros por primera vez, y ese día reafirmé la
idea que había nacido en la casa de Janier: correr una maratón. Regresamos a la
casa después de compartir un rato con los compañeros.
También ese día comprendí que correr es un modo de
vida rudo, que le arranca a quien lo hace lo mejor que tiene: su fortaleza, su
paciencia, su resistencia y, sobre todo, su capacidad para soportar el dolor.
Regresé satisfecho y le di gracias a Dios por
permitirme realizar esta actividad y poder compartir con personas tan valiosas.
GRACIAS DIOS... GRACIAS TAF
Escritor: Javier Merchan

