sábado, 4 de abril de 2026

Jesús en el 2026 lo crucificarían con un Deepfake y resucitaría en un chat de Telegram

 


SÁTIRA CON ALMA · TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN · 2026

Jesús en el 2026

El Profeta que el Algoritmo no pudo Silenciar

Un viaje en el tiempo hacia la revolución del amor — edición actualizada para el apocalipsis cotidiano

Por: Deivid Ice  ·  Colombia, 2026

Imaginemos que Dios, harto de los podcasts de autoayuda y de los políticos que lo mencionan solo en campaña, decide enviar a Jesús de nuevo. No como señal del fin del mundo —ya tenemos suficientes con los noticieros— sino como testigo incómodo de lo que hemos construido.

Esta vez no bajaría en gloria y majestad. Llegaría como siempre llegó: por los márgenes. Sin VISA. Sin historial crediticio. Sin verificación azul. Con una mochila desgastada donde caben un pan, un pez, y la memoria RAM más poderosa del universo.

Y lo primero que haría al llegar al 2026 sería mirar a su alrededor, respirar profundo y decir, con ese acento arameo que ningún traductor captura bien: ¿Cuándo exactamente perdieron el hilo?

"El Reino de Dios está entre ustedes… pero hay que apagar las notificaciones para verlo."

 — Jesús de Nazaret, versión 2026

¿Dónde nacería Jesús en el 2026?

Belén en el 2026 ya no necesita imaginación. La ONU lleva más de 24 meses debatiendo si lo que ocurre en Gaza es genocidio, mientras los niños aprenden a contar los muertos antes de aprender a leer. En ese escenario, el pesebre sería un hospital de campaña sin techo, sin medicamentos, y con un cartel que dice: 'No hay anestesia. Hay fe. Sírvase.'

Pero el mundo tiene muchos Belenes en el 2026. Jesús podría nacer en:

   Un campo de refugiados en  Sudán del Sur  — la crisis humanitaria más grande del planeta, la más ignorada de los trending topics.

   En Goma, Congo, donde el M23 controla el suelo que guarda el coltán de los teléfonos con los que todo el mundo comparte memes sobre el hambre en África.

   En el Catatumbo colombiano, entre disidencias, paramilitares y ejército, donde los campesinos llevan décadas siendo el daño colateral de todos los bandos.

   En la frontera  México–EE.UU, donde su familia sería deportada antes de que los Reyes Magos llegaran con el GPS.

   En Myanmar, donde la junta militar practica lo que los historiadores llaman 'el arte de desaparecer pueblos enteros sin que occidente interrumpa su desayuno'.

Su familia volvería a huir de Herodes. Pero en el 2026, Herodes tiene drones, inteligencia artificial y acuerdos bilaterales. Y el ángel que avisa en sueños sería bloqueado por el algoritmo de Meta por 'contenido político sensible'.

El sermón del monte… en Telegram cifrado

TikTok fue baneado en Estados Unidos en 2025. Twitter/X es un circo de verificados de pago. Instagram shadowbannea todo lo que huela a protesta. Así que Jesús en el 2026 no haría reels. Abriría un canal de Telegram cifrado con cero publicidad, cero anunciantes, y cero posibilidad de ser monetizado por nadie.

Sus parábolas llegarían en mensajes de voz de dos minutos, con fondo de ruido blanco para evitar ser identificado por softwares de reconocimiento de voz. Sus bienaventuranzas, actualizadas:

"Bienaventurados los que apagan el micrófono de su asistente de voz, porque de ellos será la última parcela de privacidad que queda en la Tierra."

— Sermón del Monte, edición 2026

"Ay de ustedes, influencers de la prosperidad, que venden fe con link de afiliado. Ya recibieron su recompensa: 2.3 millones de seguidores y un alma en NFT."

 — Mateo 5, adaptado

Sus discípulos ya no serían pescadores. Serían: un ingeniero de datos desempleado por la IA, una enfermera sin contrato fijo, un líder indígena del Cauca con orden de captura por defender su territorio, un adolescente congolés que mina coltán diez horas diarias para que el mundo tenga cámara de 200 megapíxeles, y una abuela venezolana que cruzó cinco fronteras con una bolsa plástica y toda la dignidad intacta.

Los milagros del 2026 actos de amor subversivo

Jesús no haría magia de circo. Sus milagros en el 2026 serían actos de justicia tan radicales que el sistema los llamaría crímenes:

MILAGRO 01  Desactivó los drones sobre Gaza con el Sermón de la Paz

En el mes 26 del conflicto, cuando los medios habían normalizado los titulares sobre niños muertos como estadísticas de fútbol, Jesús se paró en Rafah y extendió los brazos. Los drones se apagaron. No explotaron: simplemente se apagaron. Los técnicos militares dijeron que fue un 'fallo del sistema'. Los niños dijeron que por primera vez durmieron sin escuchar el zumbido.

REACCIÓN: El gobierno solicitó a la ONU una investigación por 'sabotaje a infraestructura de defensa'. La ONU programó una reunión para dentro de seis meses.

MILAGRO 02  Le habló al algoritmo y el algoritmo lloró

Jesús solicitó una reunión con los ingenieros de los cinco modelos de IA más poderosos del mundo. No con los CEOs: con los ingenieros. Les mostró cómo sus modelos aprendían a discriminar, a negar créditos a quienes más los necesitaban, a decidir quién merece una cama de hospital según su código postal. Tres ingenieros renunciaron ese día. Dos publicaron documentos internos. Uno siguió trabajando pero ya no duerme igual.

REACCIÓN: Las grandes empresas de IA emitieron comunicados sobre su 'compromiso con la ética'. Ninguno mencionó a los tres ingenieros.

MILAGRO 03  Resucitó el río Bogotá y el Sonora con una palabra

Parado a orillas del río Bogotá —ese mártir líquido que atraviesa la capital colombiana cargando los pecados industriales de todos— Jesús metió la mano en el agua negra y dijo: 'Levántate.' Esa semana, los peces volvieron al tramo Bosa–Soacha por primera vez en cuarenta años. Mismo milagro en el Río Sonora, México, envenenado por Grupo México desde 2014, y en el Río Doce, Brasil.

REACCIÓN: Las industrias responsables contrataron bots para decir que eran 'imágenes generadas con IA'. Los peces, sin acceso a redes sociales, siguieron nadando.

MILAGRO 04  Liberó los datos personales robados y los devolvió a sus dueños

En el 2026, cada ser humano vale en promedio 1.200 dólares en datos vendidos sin su consentimiento. Jesús convocó una conferencia y leyó en voz alta —nombre por nombre— a quién le habían vendido información de salud de 80 millones de personas, historiales de navegación de adolescentes deprimidos, y datos de ubicación de mujeres huyendo de la violencia doméstica. No hackeó nada. Solo leyó. En voz alta. Durante seis horas.

REACCIÓN: Lo acusaron de 'violación de secretos empresariales'. Las empresas no negaron ningún nombre de la lista.

MILAGRO 05  Convirtió armas en laptops en el Catatumbo

En esa franja de Colombia donde la guerra lleva décadas siendo el único empleador estable, Jesús llegó sin escolta, sin chaleco antibalas, y con una arepa en la mano. Tocó un cargamento de rifles —nadie preguntó de qué bando— y cuando el polvo se asentó, había ciento veinte laptops y una antena de internet satelital. Los niños del Catatumbo entraron a clase por primera vez en meses.

REACCIÓN: Lockheed Martin pidió compensación por 'daños al mercado'. Nadie en Colombia escuchó esa parte.

MILAGRO 06  Sanó el sistema de salud colombiano con una sola auditoría

Jesús se sentó frente al Congreso colombiano con todos los balances financieros de las EPS durante los últimos quince años. Los leyó en voz alta. Sin ironía. Sin comentarios. Solo los números. Al día siguiente, cinco congresistas pidieron licencia médica. Cuatro tenían acciones en clínicas privadas. La salud seguía rota, pero el país ya sabía exactamente por qué.

REACCIÓN: Los intermediarios llamaron a sus abogados. Los pacientes llamaron a sus familias para contarles lo que habían escuchado.

MILAGRO 07  Alimentó a 5.000 migrantes con un camión varado en Necoclí

En el Darién colombiano, un camión de alimentos se varó en la carretera. El conductor bajó un momento. Cuando volvió, el camión estaba vacío y cinco mil personas tenían comida caliente. Alguien describió a un tipo con jeans gastados repartiendo lo que nadie supo de dónde salió. Las cámaras fallaron exactamente en ese tramo.

REACCIÓN: La empresa de transporte reportó el 'robo'. Los migrantes ya habían continuado su camino.

MILAGRO 08  Deepfakeó a los poderosos con sus propias palabras

En el 2026, la tecnología de deepfake permite crear videos falsos de cualquier persona. Jesús creó deepfakes de los líderes más cínicos —pero con sus propias palabras reales. Sin inventar nada. Solo puso a cada uno diciendo en público lo que dijeron en privado. Por primera vez, la diferencia entre el discurso oficial y la realidad fue visible para todo el mundo al mismo tiempo.

REACCIÓN: Fox News dijo que eran deepfakes. Irónicamente, en este caso no lo eran.

MILAGRO 09  Le devolvió el agua a los pueblos indígenas del Cauca

Donde grandes embotelladoras habían acaparado las fuentes hídricas de comunidades que llevaban siglos viviendo de esas aguas, Jesús caminó río arriba. No firmó ningún papel. No presentó tutela. Simplemente caminó, y las tuberías que desviaban el agua dejaron de funcionar. El agua volvió. Los pueblos bebieron. Los gerentes llamaron a los ingenieros. Los ingenieros dijeron que no encontraban la falla.

REACCIÓN: El agua siguió corriendo hacia donde siempre debió correr.

MILAGRO 10  Le mostró a la juventud que el fin del mundo no está en el algoritmo

Ante una generación criada entre la ansiedad climática, los empleos destruidos por la IA, y la depresión serializada en contenido de 15 segundos, Jesús apagó los teléfonos durante una hora en una plaza latinoamericana y simplemente habló. Sin presentación. Sin merch. Les dijo: 'El Reino de Dios no es un algoritmo. El Reino de Dios son ustedes, organizados, fuera de línea, con las manos en la tierra y los ojos en el otro.'

REACCIÓN: TikTok lo baneó por 'incitar a la desconexión'. La plaza quedó llena de gente hablando entre sí. El milagro duró 47 minutos más.

La Última Cena en el 2026

No habría restaurante. La última cena sería en una olla comunitaria en un barrio periférico —en Soacha, en Villa María del Triunfo en Lima, en Iztapalapa en Ciudad de México, en cualquier periferia donde las mujeres organizadas llevan años alimentando a los que el mercado dejó afuera.

Los comensales serían:

   Una madre soltera que trabaja doce horas en un call center y otras cuatro para un algoritmo de reparto.

   Un científico climático censurado por contradecir a una petrolera que financia tres universidades.

   Un niño congolés que nunca sabrá que el mineral que extrajo terminó en el teléfono con el que alguien filmó un video sobre 'la pobreza en África'.

   Una médica cubana que trabaja en el Chocó colombiano porque donde más se necesita nadie más quiso ir.

   Un abuelo que sus hijos pusieron en un hogar de adultos mayores 'por su bien' y visitan en Navidad.

   Una activista mapuche con orden de captura por defender el agua.

   Un ingeniero de IA que renunció después de descubrir lo que su modelo hacía con datos de menores de edad.

El pan sería recuperado de un contenedor de supermercado —comida perfectamente buena que el sistema descarta porque el capitalismo prefiere destruir excedentes antes que admitir que la distribución es el problema.

Y Judas, en el 2026, no cobraría treinta monedas de plata. Lo comprarían con un contrato de consultoría para el FMI, un cargo en una junta directiva y acceso a un grupo de WhatsApp con toma de decisiones reales.

"Uno de ustedes me va a vender. Y lo peor no es la traición: es que lo van a llamar gestión estratégica."

— Jesús, última cena, 2026

La Crucifixión 2026 sin clavos, con Deepfakes

No habría juicio romano. Habría algo peor: un juicio mediático de 72 horas. El proceso sería más o menos así: primero, un video deepfake mostraría a Jesús apoyando a un cartel de narcotráfico. Luego, un influencer con 8 millones de seguidores diría que 'siempre supo que algo raro había en ese tipo'. Después, un panel de expertos debatiría si sus milagros eran 'desinformación organizada o terrorismo blando'.

Finalmente, sería acusado de: sabotaje a infraestructura tecnológica, financiación ilegal de movimientos sociales, y 'desestabilización del orden económico establecido'. Lo llevarían a una celda de máxima seguridad —como Assange, como los líderes mapuches, como los médicos de Gaza— mientras sus seguidores debatirían en redes si era mejor hacer una marcha o una petición en Change.org.

Lo matarían sin clavos. Con silencio institucional, con burocracia judicial, con un dron 'accidental' en algún traslado, o con una condena de cuarenta años en un país donde la 'justicia' es el nombre de un edificio.

"Padre, perdónalos… aunque tienen acceso a toda la información y eligieron no entender."

— — Jesús, 2026, desde una celda con wifi bloqueado

¿Resucitaría en el 2026?

Sí. Pero no en ningún trending topic. La resurrección de Jesús en el 2026 ocurriría en los lugares donde el sistema no alcanza a llegar porque no considera que valgan la cobertura:

   En las asambleas comunitarias de mujeres que reconstruyen sus barrios sin esperar a ningún gobierno.

   En los ríos que los pueblos indígenas cuidan con sus propios cuerpos como última frontera.

   En los grupos de chat sin nombre donde los trabajadores se organizan sin que los algoritmos lo sepan aún.

   En las cocinas de las ollas populares de Lima, Santiago, Bogotá y Ciudad de México.

   En los cuarenta y siete minutos que duró aquella plaza desconectada.

   En el ingeniero que renunció. En el periodista que publicó. En el niño del Catatumbo que aprendió a programar.

Porque Jesús en el 2026 no resucitaría en un sepulcro vacío. Resucitaría cada vez que alguien eligiera al otro sobre el algoritmo, la comunidad sobre el mercado, la verdad sobre el trending topic.

¿Qué Harías Tú?

Si Jesús estuviera aquí hoy, en el 2026, con todo lo que sabes y todo lo que elegiste no ver:

¿Lo seguirías o lo reportarías por 'contenido inapropiado'?

¿Serías Poncio Pilatos —lavándote las manos con gel antibacterial orgánico— o el Cireneo que lo ayuda a cargar la cruz aunque eso no aparezca en tu LinkedIn?

¿Serías el ingeniero que renunció o el que siguió trabajando pero ya no duerme igual?

"Porque tuve hambre, y me dieron likes. Estuve preso, y me pusieron en trending. El planeta ardía, y debatieron el hashtag correcto. Pero nadie hizo nada… y a eso lo llamaron tomar conciencia."

— — Mateo 25:45, adaptado para la era de la desinformación

El viaje en el tiempo ya ocurrió.

El mensaje sigue vivo.

La pregunta sigue siendo: ¿estamos listos para vivirlo?

✊🔥

Deivid Ice

     Colombia · 2026 ·

Inspirado en Leonardo Boff · Gustavo Gutiérrez · Amós 5:24 · los movimientos sociales de América Latina · los ingenieros que renunciaron · las mujeres de las ollas populares · los ríos que todavía pelean.







martes, 24 de marzo de 2026

Running Campeche la carrera que hizo historia en las montañas de Cundinamarca

 



 

Cuando el campo decidió ponerse las botas

Había una vez un mundo donde los supermercados prometían felicidad en cajas de colores, donde las multinacionales pintaban de verde sus empaques para parecer saludables, y donde un tomate podía viajar más kilómetros que un turista europeo antes de llegar a tu mesa. En ese mundo —nuestro mundo— alguien tuvo una idea descabellada, hermosa y necesaria:

¿Y si hacemos una carrera donde el uniforme oficial sea la ruana?

Así nació Running Campeche. No con zapatillas de última tecnología. No con geles energéticos de sabor a frutas artificiales. No con ropa deportiva de fibra óptica importada de no sé dónde. Nació con botas de caucho, sombrero tejido a mano y ruana artesanal. Nació desde el corazón del altiplano colombiano, donde la tierra huele a historia y cada surco cuenta una epopeya silenciosa.

La Fundación Lozano del Campo, liderada por el presidente Stiven Herrera —el hombre que ya había corrido por toda Sudamérica y que claramente no conoce el significado de la palabra suficiente— junto al empresario Jorge Lozano, decidieron que era hora de rendirle homenaje a los verdaderos atletas de este país: los campesinos y campesinas que llevan décadas corriendo contra el tiempo, contra las plagas, contra el mercado, contra todo.

Y que conste: lo lograron.


El Reglamento más elegante del mundo del deporte

Antes de arrancar, hay que hablar de las reglas. Porque esta carrera tenía reglas. Pero no esas reglas aburridas de "no cortar camino" o "presenta tu chip de cronometraje". No, señor. Estas reglas eran un manifiesto cultural:

Regla número uno: La ruana. Tejida a mano por artesanos de cualquier rincón del país. Sin ruana, no hay carrera. Sin ruana, no hay medalla. Sin ruana, amigo citadino, puedes irte a correr tu maratón con tus zapatos de carbono y tu audífono inalámbrico.

Regla número dos: El sombrero. También tejido a mano, también artesanal, también cargado de identidad. Un sombrero que ha visto lluvias, cosechas y amaneceres que ninguna app del celular puede fotografiar con justicia.

Regla número tres: Las botas de caucho. Esas botas negras, sólidas, contundentes, que han pisado barro, riachuelos y lomas empinadas desde antes de que existiera el concepto de "running shoe". Las mismas botas con las que el campesino colombiano sale a las cuatro de la mañana sin quejarse en Twitter.

Esa pinta —ruana, sombrero y botas— era la única válida para la premiación. Si llegabas de primero con tenis Nike, quedabas de último en la memoria. Porque aquí no ganaba el más rápido. Ganaba el más auténtico.

Y que colombiano que se respete no tiene su ruana familiar guardada en algún cajón, heredada del abuelo, oliendo a frío de páramo y a domingo de mercado. Esta carrera era la excusa perfecta para desempolvarla.


El premio más bacano del Atletismo Nacional

Hablemos del premio. Porque si vas a hacer una carrera digna, el premio tiene que estar a la altura.

Nada de trofeos de plástico dorado que se rompen al primer trancazo. Nada de cheques simbólicos que no alcanzan ni para el pasaje de regreso. Los seis ganadores —tres hombres, tres mujeres— recibieron una medalla de plata con esmeralda engastada, hecha artesanalmente por mineros de Muzo, Boyacá. La esmeralda más fina del mundo, la que hace que los joyeros de todo el planeta nos miren con envidia, engarzada en una medalla que era, al mismo tiempo, un objeto de arte, un símbolo de riqueza cultural y una declaración de principios:

El campo colombiano vale oro. Y esmeralda. Y todo lo que le pongan.

Ninguna medalla olímpica tiene esa historia detrás. Ninguna.


La bajada de Fusagasugá cuando el viento se puso travieso

Llegó el día. El sol ya amenazaba desde temprano con sus intenciones más despiadadas. La carrera arrancó a unos diez kilómetros de Arbeláez, en la vía que baja desde Fusagasugá — una bajada de esas que hacen que tus rodillas entren en negociaciones con tu cerebro.

Más de cien competidores se alinearon. Corredores de la zona con ese paso firme de quien conoce cada piedra del camino. Y uno que otro corredor citadino que llegó con cara de "yo también soy del campo, mi bisabuelo tenía una huerta".

Sonó la señal de salida.

Y ahí fue cuando Colombia se volvió una película.

Los ruanados bajaron esa pendiente a velocidades que rondaban los 20 kilómetros por hora. Veinte. Con botas de caucho. Con ruana ondeando al viento como capa de superhéroe regional. Con sombrero puesto —o intento de puesto— porque fue precisamente ahí donde la naturaleza decidió participar sin inscribirse:

El viento.

Ese viento cundinamarqués, fresco y sin aviso, empezó a hacer de las suyas. Los sombreros que no venían bien amarrados comenzaron a despegar. Uno. Dos. Diez. Sombreros volando por los aires como si el cielo hubiera abierto un almacén artesanal sin querer. Los corredores hacían malabarismos imposibles: una mano sosteniendo el sombrero, la otra equilibrando la ruana, y las botas golpeando el asfalto caliente con un ritmo contundente, rítmico, casi musical.

Tun. Tun. Tun. Tun.

Como una banda sonora que nadie ensayó pero todos sintieron. Las botas contra el pavimento caliente formaban la percusión de una canción que ya existía, que ya alguien había compuesto como si supiera que este momento llegaría:

"Olor a tierra y color de ciudad / que son las alas de mi libertad"

Porque eso eran esas ruanas ondeando a 20 km/h cuesta abajo: alas de libertad.


La fiesta que nadie planeó pero todos sintieron

A lado y lado de la vía, algo extraordinario ocurría. La gente salió. Los curiosos, los vecinos, los que iban de paso, los que simplemente sintieron el ruido de las botas y se asomaron a ver qué era ese espectáculo.

Y se quedaron.

Aplausos. Gritos. Voces que animaban sin parar. Niños señalando las ruanas con ojos grandes. Abuelas reconociendo en esas prendas algo que habían visto toda la vida y que ahora, por alguna razón, se veía distinto. Más brillante. Más orgulloso.

La carrera no era solo una competencia. Era una procesión de identidad. Era el campo marchando por la carretera con cabeza en alto, sombrero en mano —porque el viento, ya saben— y corazón desbordado.

Y en medio de todo eso, si uno cerraba los ojos un segundo, casi podía escuchar el grito:

"¡PADRINOOOO!"

Ese grito espontáneo, festivo, sin protocolo, que aparece cuando algo es tan auténtico que no cabe en los formatos establecidos. Ese grito que en la canción de Los Rolling Ruanas rompe toda solemnidad para recordarnos que esto es una fiesta. Siempre fue una fiesta.


 Arbeláez donde los Campesinos reclamaron su corona

La caravana ruanada llegó a Arbeláez entre aplausos y celebraciones que ya no tenían para cuándo parar.

Y allí ocurrió lo que tenía que ocurrir: los campesinos y campesinas de la región —esos que conocen las botas no por moda sino por necesidad, que usan la ruana no como statement sino como abrigo, que llevan el sombrero no para la foto sino para el sol de las cinco de la mañana— se quedaron con los premios.

Con toda la justicia del mundo.

Sus piernas, acostumbradas a lomas reales, a jornadas de ocho horas en el campo, a terrenos que ninguna caminadora de gimnasio puede simular, les dieron una lección silenciosa y elegante a más de un corredor urbano que llegó pensando que con su VO2 máximo tenía el asunto resuelto.

Seis medallistas. Tres hombres. Tres mujeres. Cada uno con una esmeralda de Muzo brillando en el pecho como declaración definitiva:

El campo ganó. Como siempre ha ganado. Solo que ahora con medalla.


Las Ampollas y la Sabiduría

Ah, pero la historia no termina en el podio. La historia tiene un capítulo final que es, quizás, el más humano de todos.

Varios corredores urbanos —acostumbrados a la comodidad de las zapatillas de última tecnología, con su espuma reactiva y su soporte de arco y su suela de carbono— llegaron a la meta con algo que sus pies no habían sentido en mucho tiempo:

Ampollas.

Buenas. Honestas. Redondas. Las botas de caucho, nobles en el barro pero algo directas en el asfalto, les dejaron a más de uno un recuerdo táctil que duró varios días. Un souvenir que ninguna tienda de running vende pero que enseña más que cualquier podcast sobre bienestar.

Porque esas ampollas decían algo importante:

Que correr con el alma es diferente a correr con la tecnología. Que el cuerpo, cuando se le pide honestidad, responde con honestidad. Que el campesino que hace esto cada día, sin aplausos ni cronómetro, merece todo el respeto del mundo.

Y que con cualquier chagüalo —con cualquier bota, con cualquier ruana heredada, con cualquier sombrero prestado— se puede correr, siempre que se haga desde el corazón.


De Arbelaez a Tijuana

Running Campeche no fue solo una carrera. Fue una pregunta lanzada al viento cundiboyacense:

¿Qué pasaría si dejáramos de avergonzarnos de lo que somos?

En un mundo donde las multinacionales nos venden identidades empacadas al vacío, donde la comida chatarra ocupa más espacio en los andenes que las plazas de mercado, donde lo campesino se esconde y lo importado se exhibe — esta carrera fue un grito con botas puestas.

Un grito que viajó, como dice la canción, de Tunja a Tijuana.

"Por que esta fiesta es con traje de lana y que lo bailen de Tunja a Tijuana pa' que lo goces con Los Rolling Ruanas Onn put your ruanas on"

Pongan sus ruanas. Que la carrera apenas empieza.


Historia basada en hechos reales. Las ampollas son completamente verídicas.

Escrito por Deivid Ice:



Fotos tomadas del instagram de la organización del evento 




















 

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