viernes, 31 de octubre de 2025

El espejo de Obsidiana y la ofrenda al Dios del tiempo perdido.

 



Por el cronista del Cempasúchil (relatos del inframundo florido)

Hay noches en que el velo entre mundos se vuelve tan delgado como un pétalo de cempasúchil. La noche del 1 y 2 de noviembre no es una simple fecha; es un puente. Un milagro tejido con la fe de dos mundos: la sabiduría ancestral de Mesoamérica y la mística peregrinación de la fe europea.

El aire se impregna del aroma a incienso de copal, a tierra recién removida y, sobre todo, a los recuerdos eternos. Esta es la noche en que el amor es el único lazo lo suficientemente fuerte como para cruzar el infinito.


La gran odisea, el Mictlán y el Xoloitzcuintle

Antes de que el tiempo se midiera con calendarios europeos, los antiguos creían que la muerte era solo el inicio de una gran odisea. Para los mexicas, las almas debían emprender un viaje de cuatro años a través del temido Mictlán, la morada de Mictecacíhuatl (la Dama de la Muerte).

·         El río Apanohuacalhuia: El viaje comenzaba al cruzar un vasto río. Pero nadie viaja solo: un noble compañero, el Xoloitzcuintle (el perro guía sin pelo), esperaba pacientemente. Solo las almas que fueron bondadosas con los perros en vida podían subir a su lomo para ser transportadas a través de las aguas bravas.

·         Las pruebas y la ofrenda: Los difuntos debían sortear montañas de obsidiana y vientos helados. Su única ayuda era la ofrenda de los vivos: el agua les daba fuerza, las mantas calor, y la comida les permitía superar la eternidad hasta su destino final.

·         El sincretismo de Fe: Con la llegada de los barcos, las fechas de la Fiesta Grande de los Ancestros (prehispánica) se fusionaron con el Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos (católicos), creando la maravillosa coincidencia que permite a los vivos honrar a sus muertos bajo el mismo cielo.


La leyenda de la flor dorada: Xóchitl y Huitzilin

El elemento más mágico, la Flor de Cempasúchil (o flor de veinte pétalos), tiene su propia leyenda de amor eterno, que explica por qué su color naranja encendido es el único que puede guiar a las almas.

Cuentan que dos jóvenes, Xóchitl y Huitzilin, se amaban y ofrecían flores al dios Sol, Tonatiuh. Cuando Huitzilin murió en batalla, Xóchitl rogó al Sol que la reuniera con él. Tonatiuh, conmovido, la transformó en una flor tan brillante como el sol mismo. Instantes después, un colibrí (la reencarnación de Huitzilin) se posó sobre la flor.

Al tocarla, la flor se abrió con su intenso color dorado. Desde entonces, el rastro luminoso y el perfume del cempasúchil se convierten en el sendero mágico que une el mundo de los vivos con el Mictlán, asegurando el regreso de los amados.

 


 

🏃 La Leyenda de los Corredores perdidos, almas engañadas

 


Existe, sin embargo, una historia más reciente y melancólica, un eco trágico que se cierne sobre las grandes ciudades. Es la leyenda de las almas engañadas por la meta de Obsidiana.

Se cuenta que un espíritu menor, celoso de la energía vital, ha descubierto una nueva y sutil forma de atraer a las almas llenas de vigor: aquellas que corren con el único fin de superar el tiempo y la distancia en grandes maratones.

·         El engaño del espejo: Estas almas, inmersas en la euforia de la competencia, corren sin mirar el camino espiritual, solo la línea final. El espíritu maligno se materializa, a pocos metros de la meta del maratón, como un espejo de obsidiana. Este espejo refleja la visión de la "Gloria Cumplida" y el "Récord Superado", una visión tan poderosa que el alma se separa del cuerpo para alcanzarla antes de que el cuerpo mismo cruce la línea.

·         La tarea del Cempasúchil: Atrapados por este espejismo de orgullo, los corredores caen justo antes de completar su hazaña terrenal. Sus sueños quedan inconclusos, convertidos en una carga dolorosa que llevan al Mictlán. Estas son las almas más difíciles de guiar. El Cempasúchil debe arder con más intensidad en el altar familiar, pues estas almas están confundidas, buscando la cinta de meta en lugar de su hogar.

·          


 

 El milagro se repite

Cada año, cuando las velas se encienden, el humo del copal se eleva y el aroma del Pan de Muerto inunda el aire, la magia ocurre. No es solo un recuerdo, sino una reunión.

La tradición nos enseña que los muertos no están lejos, solo están de viaje. Y por una noche, guiados por el olor de su comida favorita y el fulgor de la flor, regresan a casa. Es la prueba mística de que la vida y la muerte son solo dos pasos en un mismo camino.


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viernes, 10 de octubre de 2025

Diego Santoro y los secretos prohibidos del cielo, la prisión de la Tierra y el hambre de la Luna


 

Las teorías antiguas la Luna como trampa y umbral


En los pliegues más oscuros del imaginario humano la Luna no siempre fue la musa blanca de los poetas. Para algunos pueblos fue farol de los difuntos, para otros, cárcel de las almas que la Tierra ya no quería sostener. Hay mitos que la nombran *devoradora*, figuras que la llaman *almacén de recuerdos*, y tradiciones esotéricas que la describen como un umbral donde se lavan las memorias antes de volver a nacer.

En la Amazonía y en las tierras bajas circulan relatos sobre una Luna que recoge los espíritus extraviados; en los Andes, la luz lunar marca los ciclos que atan al hombre al tiempo; en ciertos corrientes ocultistas modernos —y en las voces de los soñadores que no temen la locura— la Luna aparece como una estación que procesa lo que la Tierra desecha. Algunos textos hablan de túneles de plata por donde viajan las conciencias; otros, con menos nobles palabras, susurran que algo afuera toma lo que duele para reutilizarlo.

 

No es necesario estar de acuerdo con las tradiciones ni con los nombres que les dieron los antiguos para entender la inquietud que provocan: la idea básica persiste y se vuelve más áspera en la era tecnológica: ¿y si la Luna, además de reflejar luz, fuese parte de una maquinaria que extrae, almacena y redistribuye lo que somos? ¿Qué pasa si ese mecanismo se alimenta a escala de tragedias, guerras y catástrofes?

 

Camina conmigo un momento por esa conjetura: imagina la Luna como un archivo en órbita, un centro frío donde se depositan fragmentos de memoria. Imagina que esos depósitos se llenan más rápido allí donde la muerte es industria. Imagina, por último, que alguien —una inteligencia, un actor con agendas propias, o seres para los que “alma” es un combustible— vigila el flujo y decide qué hacer con lo que recoge.

 

Con ese rumor antiguo en la lengua, la ciudad moderna abre un nuevo capítulo: uno en el que un hombre sencillo con un telescopio casero se decide a mirar de cerca. Y lo que ve le devuelve una verdad que lo consume.


 

 

Diego Santoro noches en los mapas del dolor

 

Entras en la crónica como quien atraviesa un umbral. La calle por la que avanzas huele a neumático quemado y a harina de pan seco. Es de noche y hay una claridad pálida que no reconforta: la Luna cuelga como una lámpara vieja sobre la ciudad. Al otro lado de la cuadra, en el tejado de un edificio bajo, un hombre ajusta lentes. Se llama Diego. Tiene las manos con pequeñas manchas de grasa y la mirada de quien trabajó toda su vida reparando objetos que otros tiran. No esperes una conspiración de película; espera a un testigo con manos temblorosas y una cámara que no miente del todo.

 

Subes por la escalera de servicio como si fuera el pasillo hacia algo prohibido. Desde el techo, Diego te ofrece un cigarrillo que no aceptas, porque ya notas que el aire se ha vuelto más denso: desde aquí se ve la ciudad como una maqueta. Él te habla con voz baja, como quien repite un secreto para que la noche lo apruebe. Te cuenta que al principio todo era curiosidad: filtros, CCD, noches de ensayo. Luego, esta curiosidad se volvió obligación. Asintiendo, colocas tu ojo a su lado y ves—no con la claridad de un gráfico científico—sino con la violencia de una intuición que corta: puntitos. Miles de puntitos. Y no están quietos.

 

Diego te lleva en su relato lejos del tejado, a sitios que huelen a pólvora y barro: hambruna, hospitales sin luz, puentes que no resistieron. Viajó con su telescopio a esos mapas donde los noticieros enumeran cadáveres como si fueran estadísticas. “Quería comprobar si la noche se portaba igual en todos lados”, dice. Y la noche, en esos lugares, no se portó igual. Allí donde la muerte fue más fresca, las cámaras le devolvieron columnas de luz: hilos, corrientes, ríos que partían desde la Tierra y se dirigían a la Luna con la terquedad de un rito repetido.

 

Cierras los ojos sólo por un segundo y el relato te pega como una paleta de helado: imagina filas de puntos ascendiendo desde campos de cuerpos, desde barrios bombardeados, desde playas donde la marea trae cuerpos como conchas rotas. Sube la imagen en tu cabeza: luces que se arremolinan como si alguien hubiera activado ventosas sobre los mapas de dolor. Diego recalca la diferencia entre cielo “normal” y cielo donde el tránsito es mayor: “Más muertos, más tránsito” —dice—. Esa frase cae entre ustedes como una sentencia: simple, directa, maldita.

 

Al observar las grabaciones, la angustia se hace visual. Algunos de los puntos no sólo se limitan a trazar rutas: se posan en la Luna. En las zonas que Diego cataloga como depósitos, la superficie lunar arde en manchas breves, como si alguien encendiera una luz para revisar lo que llega. A veces, objetos de forma indefinida —sospecha Diego, y tú empiezas a sospechar también— se introducen en esas manchas y, luego, salen. Son naves que entran y salen de la Luna, como si el satélite tuviera puertas.

 

No quieres creer lo que tus ojos leen en la pantalla, pero de lo helado que estás no puedes disimular del terror frío que posee la evidencia casera: si la Luna recoge y luego devuelve, si en las horas que siguen el flujo vuelve transformado, ¿qué se está haciendo con lo que se recoge? Te duele imaginar la respuesta. Los labios de Diego se vuelven finos; su voz, una grieta: “No sé si es energía, memoria o algo que todavía no tiene nombre para los científicos. Pero las rutas existen. Y no son neutras”.

 

Intentas ponerle distancia racional, buscas en tu memoria noticieros, comunicados que desmientan; pero no hay consuelo. Cuando Diego intentó hacer llegar sus archivos a universidades, encontró puertas cerradas con carpetas marcadas *clasificado*: protocolos que tardan meses, preguntas que rebotan contra muros de silencio. Los gobiernos contestan con palabras medidas: “reflejos atmosféricos”, “artefactos opticos”. Las radios sensacionalistas prefieren el ruido de la audiencia. Pero en los correos que nunca llegaron y en los silencios que comienzan a oler a algo peor, Diego cree ver la mano de una decisión que no admite pesquisa: “Las preguntas son dañinas para el sistema”, te dice. Eso no es una conclusión; es una advertencia.

 

Y entonces te lo imaginas: no sólo una Luna que recoge lo que duele, sino una red que opera con impunidad mientras los tratados se firman en las oficinas y los políticos practicante el arte de la indiferencia. Las rutas de luz entre la Tierra y su satélite se convierten en autoestradas de lo indecible: si ahí se lleva algo de nosotros, ¿quién reclama? ¿Qué institución tiene la moral y la jurisdicción para exigir explicaciones? La respuesta se esfuma en la boca de Diego y se convierte en el latido del texto: nadie, y por eso las preguntas hacen daño.

 

Sientes cómo el miedo te sube por la espalda. No es el miedo del susto inmediato; es la angustia lenta de la certeza de que algo puede estar usándose en tu nombre —o en tu cadáver— sin que lo sepas. Imaginas esos puntos como bolsitas con nombres, con historias, con sueños que no alcanzaron a completarse; imaginas la Luna como un lector indiferente que marca ítems en su lista. El horror no es la imagen en sí, sino el silencio que la protege: clasificaciones, archivos, respuestas que nunca llegan.

 

Diego te deja ver la última grabación. En ella, una llanura que hace meses fue noticia por sus bombardeos se convierte en fuente. Cientos de ínfimos destellos ascienden, atraviesan la noche con la regularidad de una máquina que sabe su tarea, se posan, vuelven, regresan con un pulso distinto. La cámara tiembla. Respirás. Piensas en tus seres queridos. Piensas en la próxima noticia que verás en la tele, en la próxima cifra de víctimas que quizá no te diga nada. Y te das cuenta de que la Luna, esa noche, no es solo un satélite: es una oficina a la que alguien envía lo más íntimo y nadie supervisa.

 

Antes de marcharte, Diego apaga la cámara y mira la Luna como quien mira a un animal dormido que, sin embargo, podría despertar. Te dice algo que se queda pegado: “Si admites que hay quien se nutre del dolor, ya no puedes mirar igual a los mapas del mundo. Y si las preguntas son dañinas, no las hagas en voz alta.” Caminas de regreso, las luces de la ciudad parecen tener menos gracia. Cada semáforo que cruzas es una pausa en el tiempo: un instante donde sientes que algo te observa y toma nota. Arriba, la Luna gira indiferente; abajo, en la casa de Diego, su equipo descansa con el silencio de quien sabe lo que grabó y teme que saberlo sea una condena.

 

La crónica termina, para los demás, en una nota técnica o en un escepticismo amable. Pero para ti, lector que entraste en la historia y aceptaste sentirla, el final es abierto y frío: la próxima vez que mires el cielo y veas puntos de luz, pregúntate qué llevan, a quién pertenecen y por qué nadie —ni universidad, ni gobierno, ni agencia— parece dispuesto a contestarte. Y si ese pensamiento te produce angustia, felicidades: estás empezando a mirar con los ojos de quienes ya saben que hay preguntas que, al pronunciarlas, rompen algo del orden que nos mantiene aquí..

 

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domingo, 17 de agosto de 2025

El legado de Yerliz Dalas, sonrisa invencible

 

                                                            Profesora:  Yerliz Dalas 


En el corazón del sureste venezolano, en la vibrante Ciudad Bolívar, nació Yerliz Dalas, una mujer cuyo espíritu guerrero y afán por el conocimiento la llevaron a convertirse en una profesora reconocida de atletismo y deportes. Desde joven, Yerliz soñaba con llevar el bienestar a través del deporte a todos aquellos que la rodeaban. Pero la vida, con su impredecible cauce, la impulsó a buscar nuevos horizontes más allá de sus tierras natales.

 

La crisis económica en Venezuela fue un vendaval que la obligó a empacar su pasión y esperanza para aterrizar en Bogotá, Colombia. Allí, en la capital, los días se teñían de incertidumbre y las calles se vaciaban con la llegada de una pandemia que paralizó al mundo entero. La gente encerrada en sus hogares comenzó a redescubrir la importancia del movimiento y la vida saludable, y el atletismo, con su pureza y practicidad, comenzó a florecer con renovado interés.

 

Yerliz encontró en la localidad de Suba un refugio y un llamado. Observando cómo las personas salían a correr, decidió brindar sus conocimientos de manera desinteresada. En el parque Fontanar surgieron sus primeros grupos; la profesora con sonrisa franca y carisma inigualable, enseñaba no solo técnicas deportivas, sino también fortaleza y alegría para el alma. Día a día, su grupo crecía, el aire se llenaba con risas y el pulso de los pies sobre la tierra despertaba esperanza.

 

Pero lo que pocos sabían era que la profe Yerliz no solo enseñaba desde la técnica y el corazón, sino que también era una corredora formidable. Con pasos firmes y un espíritu incansable, enfrentaba carreras de 10, 21 y 42  kilómetros, desafiando no solo el terreno, sino también las limitaciones que su cuerpo le imponía.

 

En medio de fuertes tratamientos médicos que muchas veces la dejaban débil, sin energía, y con el cuerpo cansado, ella encontraba la fuerza para levantarse, recuperarse y volver a correr con una determinación ejemplar. Cada kilómetro que recorría era una victoria silenciosa sobre la batalla interna que libraba, un testimonio de que la fuerza del alma puede superar cualquier obstáculo físico.

 En un acto de auténtica valentía y amor por la vida, Yerliz Dalas decidió, tras enfrentar un intenso tratamiento médico que había debilitado considerablemente su cuerpo, prepararse para un desafío que para cualquier corredor es un sueño y un honor: la Maratón de Bogotá 2024.

 

A pesar de las dificultades, con pasos firmes y un espíritu indomable, entrenó con la misma pasión que siempre la caracterizó. Llegó el día, y aunque su cuerpo no tenía la fuerza de antes, corrió cada kilómetro con una entrega y una alegría únicas, gozando intensamente el momento que había anhelado toda su vida.

 

Coronar esa maratón fue mucho más que un triunfo deportivo; fue un símbolo de esperanza, una demostración de que la voluntad y el amor por el sueño pueden vencer cualquier límite físico. Ese título como maratonista se convirtió en uno de los logros más representativos de su vida, un último gran abrazo a su legado y a la inspiración que dejó para todos los que corren tras sus metas.

                                                  Maraton de Bogota 2024

Verla cruzar la meta con esa sonrisa llena de vida y entrega era inspirar a todos no por la velocidad, sino por la valentía de alguien que corre con el corazón íntegro, sin importar las heridas que lleva por dentro.

 

Cuando la vida empezó a encontrar su ritmo después del caos, Yerliz siguió su camino de enseñanza, incursionando en la danza y el zumba. Nuevas melodías y pasos se sumaron a su legado, con grupos de bailarines que se movían al mismo compás de su alegría contagiosa. No abandonó tampoco el atletismo; cada domingo a las 6 de la mañana, en el Éxito de Suba, un grupo unido corría kilómetros y kilómetros por las lomas, como una familia que se acompaña y fortalece en la adversidad.

 

Sin embargo, detrás de aquella sonrisa luminosa y la energía incansable, Yerliz libraba una batalla silenciosa y feroz contra una enfermedad moderna, cruel y desconocida, que limitaba su cuerpo pero no su espíritu. Ni la medicina, ni la esperanza parecían suficientes, y aun así, ella peleó con la valentía de quien no se rinde nunca.

 

Su lucha fue intensa, llena de momentos de dolor, pero también de un amor a la vida que jamás se apagó. Cuando finalmente su cuerpo cedió, dejó atrás un legado que trasciende lo terrenal: la fuerza indómita de una mujer que mostró que, aunque a veces se pierde, la verdadera victoria está en nunca dejar de luchar.

 

Hoy, Suba sigue corriendo, bailando, viviendo con la energía y la sonrisa de Yerliz en cada paso. Su historia es un recordatorio de que la mayor arma contra las adversidades es una sonrisa sincera y un corazón dispuesto a seguir adelante. Porque en la vida, lo que más importa no es cuánto tiempo permanezcamos, sino la huella de esperanza que dejamos en los otros.

 

Yerliz Dalas será siempre un faro de luz, un ejemplo de valentía y de amor inquebrantable por la vida y el deporte. Su espíritu corre libre, allá donde se funden el cielo y la tierra, inspirándonos a vivir con fuerza, con alegría y con una sonrisa que nunca se apaga.


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domingo, 3 de agosto de 2025

La montaña que no perdona, historias y leyendas de la carrera atlética sube Monserrate 2025

 


¡Atención, damas, caballeros, atletas e incrédulos! Agárrense del sofá, que aquí les traigo el más descabellado, jocoso y emotivo relato de la última edición del festival de verano bogotano, donde la alergia de agosto y la mística del cerro de Monserrate se disputan el protagonismo a codazos.

 

Era agosto, ese mes de estornudos, narices irritadas y polen al viento, cuando Bogotá se viste de fiesta... Con bombos, platillos y la promesa de redención, la organización del festival anunció el regreso triunfal de la Carrera Atlética Sube Monserrate, ¡y lo hizo con una jugada digna del siglo pasado: inscripción presencial! Olvídense del caos digital, de los links que se agotan más rápido que el pan caliente y del “refresh” psiquiátrico. Esta vez sí que hubo pantalla, pero de sudor en la frente. Las filas eran largas, sí, pero al menos así uno podía ver al que se colaba y gritarle: “¡Oiga respete la fila no se cole, compañero!”. Y, admitámoslo, esas filas son la verdadera pretemporada del atleta popular bogotano.

 

El día de la carrera se sentía el zumbido en el aire: manillas de colores, chips en los números, al gratín como nos gusta y corredores ansiosos trotando en círculos como perros al ver la correa. Todo muy bonito, muy organizado. Pero, ajá, no contaron con que Monserrate tiene alma propia, y un sentido del humor afiladísimo.

 

Cuando la montaña no quiere, no hay ingeniero ni chip que valga. El sistema tecnológico, que funcionaba tan bien en la prueba, decidió rebelarse. Los organizadores revisando cables, pantallas y hasta rezando en código binario, pero nada. Decían que faltaba revisar el recorrido y unos permisos administrativos, pero la verdad era más profunda: ¡faltaba el visto bueno de la montaña y de los sabios abuelos árboles! Porque en Monserrate, si la montaña no quiere, no sube ni el wifi.

 

Y entonces, en un momento digno de telenovela, la montaña concedió su bendición. Los chips volvieron a la vida y los corredores, en manadas tipo estampida, cruzaron a la zona de salida. El ambiente era de fiesta y nervios: algunos arrancaron a toda velocidad, olvidando ese pequeño detalle de que Monserrate no perdona la arrogancia. La montaña, con humor negro, los puso en su lugar en los primeros 50 metros. ¡Aquí no hay sprint que valga, muchachos!

 

En medio de este espectáculo, brilló la dupla dorada: el legendario Alberto Manrique, conocido como “el escarabajo de la master”, subió los escalones con más destreza que un político bogotano esquivando preguntas incómodas, mientras enseñaba a su hija Sara los secretos del cerro. El truco no era pelear con Monserrate, sino hacerse amigo. “¡Respeta a la montaña y la montaña te premia!”, le decía el papá, entre resoplidos y sonrisas. Sara, digna heredera, igualó el paso y juntos conquistaron el empedrado, dejando al público y a los demás corredores boquiabiertos y tosiendo por la altura.



 

Así, padre e hija cruzaron la meta con estilo, elegancia y, claro, un poco de polen en la nariz. Consiguieron resultados de lujo y demostraron que en la montaña, el talento y la humildad abren cualquier puerta… o sendero.

 

Y colorín colorado, así se vivió una de las mil historias de la Carrera Atlética Sube Monserrate, edición 2025. Eso sí, que no se cumpla la peor leyenda: dicen las malas lenguas que quienes suben en pareja pueden terminar separados. Así que, amigas y amigos, si su relación flaquea, mejor suban solos… ¡Oh Monserrate, montaña de milagros y separaciones!

 

Nos vemos el próximo año… si la montaña quiere.

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Resultados oficiales carrera atlética Sube Monserrate 2025

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miércoles, 25 de junio de 2025

El rugido silente un abrazo de empatía para los Toros

 



 

Cada 25 de junio, mientras el resto del mundo celebra el Día Mundial del Vitiligo o el de la Gente de Mar, un grupo de aguerridos amantes de la compasión animal levanta pancartas para recordarnos que hacer sufrir y matar toros como si fueran piñatas de feria quizá no sea la mejor forma de “arte” ni de “cultura” . Así que abróchense el cinturón (vegetariano), porque este es un recorrido sarcástico por los horrores taurinos, aderezado con algo de reflexión.

 

1. El circo de la tortura: un espectáculo “añejo”

Imaginemos al productor de Hollywood más estrafalario queriendo crear la próxima superproducción de Netflix:

 

Acto 1: Se acecha  al pobre toro con ruidos, estrés y confinamiento.

Acto 2: Le clavan varias puyas y banderillas, cual si fueran accesorios de última moda pero sangrantes.

Acto 3: Ensayan estocadas que, si no dan en el blanco, terminan con un descabello que podría repeler a cualquier cinéfilo.

 

Todo ello, bajo la etiqueta “tradición” y con público embobado aplaudiendo un show que dara más sangre que glamour. El informe detalla que el toro puede perder hasta un 18 % de su volumen de sangre en los primeros minutos . Vamos, más sangrientos que una maratón de películas de terror.

 

2. Contraataque de la ciencia y la lógica

Los defensores de la fiesta brava lanzan mitos como: “el toro no sufre”, “genera empleo”, “es arte”, “son especies en peligro si no los torean”… ¡Y se quedan tan panchos! Pero resulta que:

 

Los toros sí tienen sistema nervioso central y sienten dolor intenso con cada puya y banderilla.

El espectáculo apenas aporta un 0,16 % al PIB y se sostiene con subvenciones que deberían dedicarse a la educación, la salud o, ya puestos, al club de fans de la siesta .

La “tradición” no justifica la tortura: la esclavitud fue tradición durante siglos y nadie está pidiendo corridas de esclavos.

 

En resumen, desmontar estos mitos es tan sencillo como recordarles que el show de “sufrimiento con glamour” no vende bien fuera de la España profunda.

 

3. Prohibiciones: ellos dicen “hasta luego, toro”

Mientras unos defienden púas y estocadas, el resto del mundo va cerrando plazas:

 

* Chile en 1823: pionero en el “no gracias”.

* Uruguay (1888), Argentina (1899), Brasil (1934)… ¡Los latinoamericanos sí saben de abolir!

* España: Cataluña (2012), Baleares (2018), Gijón (2021) y, pronto, toda Colombia tras la votación de mayo de 2024, con vigencia en 2027 .

 

Parece un poco tarde para subirse al tren del siglo XXI, ¿no creen? Todo indica que, en breve, a las corridas les toque el mismo destino que a las diligencias de caballos.

 

4. La guerra cultural: políticos, niños y pañuelos rojos

No basta con leyes: hay que conquistar mentes. Algunos ayuntamientos premian la fiesta taurina como “Patrimonio Cultural Inmaterial” (sí, literal), y escuelas ofrecen talleres para “formar nuevos aficionados” (o lobotomizar críos) . La batalla no es solo jurídica, es narrativa: redefinir la tauromaquia como reliquia cruel en lugar de rito glorioso.

 

5. ¿Futuro sin toros?

Entre pamplinas de “sin tauromaquia se extingue la dehesa” y “los toros morirán de nostalgia”, el panorama real es otro:

 

* Las dehesas pueden mantenerse con subvenciones agrarias normales, sin antenas de banderillas.

* Los toros de lidia son raza creada, no especie silvestre. Si desaparecen, no lloraremos extinción, sino un racismo ganadero.

* Los santuarios ganan adeptos: miles de toros viven ahora sin ser pinchados ni despanzurrados.

 

Así que, camaradas de la empatía, celebremos este 25 de junio dejando los pañuelos rojos en el cajón y regalando un abrazo a quien de verdad lo merece: un toro, libre de paseíllos y estocadas.

 

Sin cornadas

El Día Mundial Antitaurino no es un “día más de calendario”: es la crónica de un cambio de valores donde la compasión supera a la capea. Si seguimos avanzando, pronto los “toreros” quedarán en los libros de historia como esos curiosos “artistas” que creían divertido torturar a animales. Y entonces celebraremos no solo la abolición, sino el triunfo de la empatía sobre el espectáculo sangriento. ¡Vivan los toros libres!.

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Fuentes:

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  El siguiente relato solo es producto de la imaginación, y algunos de los personajes, igualmente. Eran las 06:30 de esta mañana y el fr...