lunes, 9 de diciembre de 2024

En un universo alterno, la epopeya de Cindy Runner el triunfo de la voluntad




 

Había una vez, en un mundo muy lejano, en la tranquila ciudad de Tunja, donde los vientos andinos susurran historias de campeones, Cindy Runner brillaba como un cometa. Su reciente victoria en el campeonato nacional había encendido los corazones de su comunidad. Ahora, un desafío aún mayor aguardaba: representar a Colombia en el Campeonato Suramericano de Trail en Villa La Angostura, Argentina. 

 

El vuelo de la esperanza

Con una mezcla de emoción y nervios, Cindy abordó el vuelo que la llevaría al sur del continente. Sin embargo, la realidad fue menos glamorosa de lo esperado. Las sillas del avión apenas se inclinaban, y las seis largas horas de viaje parecían un preámbulo incómodo. Al llegar al hotel, la situación no mejoró mucho: un hospedaje remoto, en medio de las montañas, alejado de la comodidad y la organización que un evento de tal magnitud demandaba. 

 

La encargada de la delegación colombiana, una veterana del trail running con títulos internacionales, no mostró el nivel de diligencia esperado. Distracciones y desinformación marcaron la pauta, dejando a los atletas, incluyendo a Cindy, desprovistos de una dieta adecuada y un plan técnico claro. 

 

El día de la batalla

La mañana de la carrera amaneció con lluvia torrencial. En la línea de salida, las delegaciones internacionales lucían equipamiento de última tecnología: chaquetas térmicas, bastones ergonómicos, zapatillas de alta gama. Cindy, en cambio, vestía el uniforme entregado por la federación: un top y un pantalón corto más adecuado para el calor del Caribe que para las gélidas cumbres argentinas. 

 

 

"¡No importa!", pensó con determinación. "Hoy corro por los colores de mi bandera." 

 

La carrera comenzó como un torbellino, con las atletas lanzándose como gacelas sobre el terreno fangoso. Cindy avanzaba con estrategia, guardando energías para las zonas más difíciles. Sin embargo, la falta de una dieta adecuada pronto le pasó factura. La fatiga se intensificó, y al cruzar un río helado, el frío caló hasta sus huesos. 

 

“¡Huy juepucha, esto está congelado!” exclamó, sacando una sonrisa entre las competidoras que, en un gesto de solidaridad, la ayudaron a cruzar. 

 

Un espíritu inquebrantable 

A pesar de todo, Cindy no se rendía. Los gritos de aliento de espectadores y rivales resonaban en sus oídos: “¡Vamos, Colombiana, no te rindas!” Las atletas suramericanas le ofrecieron geles energéticos y palabras de ánimo. "Esto no es solo una competencia", pensó Cindy, "es un encuentro de hermandad". 

 

A mitad de la carrera, la situación se tornó aún más difícil. Uno de los atletas colombianos sufrió un cuadro de hipotermia. Cindy, al verlo, le dedicó unas palabras de aliento antes de seguir. Atletas venezolanos acudieron en su ayuda, demostrando que la unión suramericana trasciende cualquier rivalidad. 

 

El paisaje, majestuoso como un cuadro divino, parecía darle fuerzas. Las montañas nevadas brillaban bajo la tenue luz del día, recordándole por qué estaba allí: no solo por la medalla, sino por el amor al deporte y la naturaleza. 

 

El final de la travesía

Con el estómago vacío y las piernas pesadas, Cindy llegó al tramo final. Sus compañeras peruanas, que se habían perdido en la ruta, la alcanzaron y le ofrecieron apoyo moral. Al llegar al último kilómetro, el camino pavimentado anunciaba el fin del sufrimiento. Los aplausos de los espectadores la impulsaron, y, con una última explosión de energía, cruzó la meta en el puesto 17. 

 

La delegada de la federación, atónita, no podía creer que Cindy hubiera terminado la carrera. Pero la euforia de la victoria no logró apaciguar la indignación de Cindy. "¡No me voy hasta que coma bien!", exclamó. La organización, conmovida por su hazaña, le ofreció comida caliente y un lugar para descansar. 

 

Cuando la delegada intentó justificar su ineficiencia, Cindy, con temple de acero, respondió: 

"Esto no es adaptarse. Esto es falta de compromiso. Si yo logré terminar, fue gracias a mi esfuerzo y a la solidaridad de los demás atletas, no por su apoyo." 

 

Lecciones de la montaña

Mientras regresaba al hotel, Cindy reflexionaba. "Esto me enseñó a confiar en mí misma, a valorar los gestos de hermandad y a aprender que los desafíos no solo prueban tu cuerpo, sino tu carácter." 

 

Aunque no subió al podio, Cindy regresó a Colombia como una campeona del espíritu. Su historia resonó entre atletas y aficionados, convirtiéndose en una leyenda que inspiraría a muchos a no rendirse, sin importar cuán empinada sea la montaña. "Y colorín colorado, este cuento es regalado". 

Nota:

Historia fantástica, cualquier padecido con la realidad es pura coincidencia.

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sábado, 7 de diciembre de 2024

Pólvora el eco de nuestras celebraciones

Un estallido


Cuando el cielo se ilumina y el aire se llena de estruendos, ¿realmente celebramos o simplemente repetimos un ritual sin sentido? La pólvora ha sido por décadas el lenguaje de nuestra alegría, pero quizás sea hora de escuchar lo que realmente dice.

 

La herencia ruidosa

Cada explosivo cuenta una historia. No solo la de la fiesta, sino la de un país que ha normalizado el dolor silencioso. Porque la pólvora no es solo ruido, es un grito que atraviesa especies, fronteras y conciencias.

 

Capas de una tradición

La pólvora llegó con la conquista, se quedó con nosotros como un eco de violencia transformado en celebración. Fuimos construyendo un ritual donde el estruendo se confundió con la alegría, donde el dolor colateral se invisibilizó entre cohetes y luces.

 

El precio invisible

Lo que no vemos:

- El temblor de un perro bajo la cama

- La desorientación de un ave que abandona su nido

- El sufrimiento silencioso de animales domésticos y silvestres

- La contaminación ambiental en cada explosivo

 

Reflexión profunda

¿Por qué seguimos aferrados a una tradición que genera más sufrimiento que alegría? La pólvora es un espejo de nuestra sociedad: seguimos celebrando sin medir las consecuencias, sin escuchar más allá de nuestro propio júbilo.

 

Datos que duelen

- Cada 31 de diciembre se reportan:

- Cientos de animales heridos o perdidos

 - Múltiples quemaduras en niños

  - Contaminación atmosférica

 - Estrés masivo en comunidades vulnerables

 

Voces silenciadas

Los que no pueden defenderse:

- Mascotas aterrorizadas

- Animales silvestres desorientados

- Bebés y personas con trastornos sensoriales

- Adultos mayores con problemas cardíacos

 

Un camino hacia la conciencia

La evolución no está en seguir explotando, sino en aprender a celebrar diferente. Hay formas de expresar alegría que no requieren destrucción:

- Luces led

- Espectáculos de luces

- Celebraciones comunitarias

- Música y arte

 

La transformación personal

Cada uno de nosotros tiene el poder de cambiar. No se trata de prohibir, sino de entender. De transformar un ritual de explosión en una celebración de conexión.

 

Más allá del estruendo

La verdadera celebración no está en el ruido que hacemos, sino en el silencio que respetamos. En la capacidad de entender que nuestra alegría no debe ser el dolor de otro.

 

Celebrar no es destruir, es construir.

 

Llamado final

 

- Reflexiona antes de encender

- Escucha más allá del ruido

- Protege a los vulnerables

- Celebra con conciencia

 

La pólvora no es solo un problema de seguridad. Es un problema de humanidad.


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jueves, 5 de diciembre de 2024

Las velitas el alma de una noche Colombiana

 


Un destello de esperanza

 

Cuando cae la noche del 7 de diciembre, Colombia se transforma. No es solo una noche, es un momento mágico donde la oscuridad se llena de miles de pequeñas luces, cada una conta­ndo una historia, cada una llevando un sueño.

 

Las velitas no son simplemente velas. Son guardianes de memoria, testigos silenciosos de generaciones que han compartido este ritual de luz y esperanza. Desde las calles de Bogotá hasta los pueblos más remotos de la cordillera, familias se reúnen, transformando la noche en un mar de pequeñas luminarias que desafían la oscuridad.

 

El origen: más allá de la tradición

 

La historia de las velitas es un tejido complejo de fe, cultura y amor. Originalmente una celebración religiosa en honor a la Inmaculada Concepción, con el tiempo se ha convertido en algo mucho más profundo: un ritual de conexión humana.

 

Recuerdo a mi abuela preparando las velas días antes. No era un simple ritual, era una ceremonia. Cada vela se elegía con cuidado, cada ubicación tenía un significado. "Esta es para pedir salud", decía. "Esta otra, por los sueños de la familia". Las velas no se encendían, se conjuraban.

 

Un lenguaje de luz

 

Cada velita cuenta una historia:

- La vela en la ventana es una señal de bienvenida

- La que se coloca en el jardín, un mensaje de esperanza

- La que se enciende en familia, un símbolo de unión

 

No son solo luces. Son susurros de deseos, promesas compartidas, memorias que se mantienen vivas.

 

La magia de la noche

 

Cuando cae la noche, la transformación es casi mística. Las calles se llenan de niños con sus padres, abuelos compartiendo historias, vecinos que se saludan. Las aceras se convierten en lienzos de luz, cada vela una pincelada de comunidad.

 

Los sonidos cambian. Entre risas, música de fondo, el suave parpadeo de las llamas. Es un concierto de esperanza, una sinfonía de conexión humana.

 

Más allá de lo religioso

 

Si bien el origen está en la devoción católica, hoy las velitas representan algo universal. No discriminan, no excluyen. Una luz es una luz, sin importar la fe, el origen, la condición.

 

Es un momento donde Colombia respira profundo. Donde las diferencias se funden en un mar de pequeñas luminarias, donde cada luz es una promesa, cada llama una esperanza.

 

Un ritual de amor

 

Las velitas son el abrazo que la distancia no puede romper. Son el recuerdo de quienes ya no están, pero siguen brillando en nuestra memoria. Son la conexión entre lo terrenal y lo divino, entre el pasado y el presente.

 

Cuando enciendes una vela, no solo iluminas un espacio. Enciendes una tradición, mantienes vivo un legado.

 

La luz continúa

 

Cada 7 de diciembre, Colombia se viste de luz. No son solo velas. Son historias, son sueños, son promesas. Son el corazón de un pueblo que sabe que incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay una luz esperando ser encendida.

 

“Una tradición no es lo que se hereda, sino lo que se construye cada día. Cada velita es un testimonio de eso”. 

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Tienda Virtual Dana Ice























domingo, 10 de noviembre de 2024

Don Marco Tulio, semilla del Valle de Tenza




 Bajo el sol y la tierra, allí nació don Tulio,

de manos curtidas, de barro y de trigo,
en el Valle de Tenza, entre campos antiguos,
donde el alma se labra, y se forja el destino.

Hijo de campesinos, del viento y del surco,
creció bajo el cielo de un campo sincero,
cuidando animales, labrando la tierra,
su vida un espejo de esfuerzo y empeño.

Fue policía honrado, fiel a su bandera,
en cada paso un eco de ley y justicia;
sus hijos aprendieron a amar la verdad,
la familia, el deber y el honor de los días.

Pero vino la sombra, la prueba sombría,
una enfermedad lenta, que quiso robarle
la fuerza, el aliento, su lucha, su esencia…
y en su última pelea, la vida dejó.

Mas dejó una huella profunda y serena,
en nietos, amigos, en risas y helados,
en el parque infantil, bajo árboles viejos,
donde niños lo buscan y aún sueñan sus pasos.

No temía al sol ni temía la lluvia,
era amigo del tiempo, del árbol, del viento;
y allí, en aquel parque, lo recuerdan los niños,
al abuelo de helados, de bondad y de aliento.

Hoy, en el recuerdo, su historia perdura,
con su alma campesina, sencilla y honesta;
una luz que no muere, ni el tiempo dispersa,
don Tulio, que vive en el valle y la hierba.

Palabras de mi padre:

Pilas, mi hijo, "enemigo a la espalda,"
trabaje firme, no espere la calma,


"Esté como esté, hay que trabajar,
que siempre algo se puede ganar."

"Eso no le preste atención a nadie,
usted en lo suyo y haga las cosas bien."


“Échele un ojo a su mamá, y respétela siempre,”

"Dejen de pelear entre hermanos," decía,
"siempre hay que dialogar, buscar armonía."


"Para qué lo caro, mañana hay hambre,
cuide lo suyo, que el día es cambiante."

“Usted, el mayor, ejemplo debe dar,
así como yo he sido en este lugar.”

"Ya tiene cédula, sea responsable, 

ante la ley y la gente, firme y constante."

" Y para enfrentar los problemas, mi hijo, 

hágale la cara dura a la vida sin miedo.”

"La comida no tiene la culpa, en el comer estar el vivir"


En el Valle de Tenza, sus ecos resuenan,
y en cada rincón su espíritu vuela...


Poema en honor a mi padre:

Marco Tulio Rativa Bohorquez

(1952-2024)

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jueves, 24 de octubre de 2024

Bajo el fuego del Sol… la épica conquista del equipo TAF en la Allianz 15KM 2024

 



Octubre llegó con su habitual promesa de lluvia, un bálsamo para una Bogotá sedienta y en medio de la incertidumbre climática que sacude al planeta. Pero en este día, había algo especial. No era solo la humedad en el aire o el rumor del viento que anunciaba el cambio de estación. No. Este día era el de la carrera Allianz 15 km, un evento tan esperado como temido por los corredores de la ciudad.

 

El astro rey, el Sol, se alzaba con majestuosidad sobre los cielos bogotanos, como si quisiera imponer su propia voluntad sobre los elementos. A su lado, las nubes coqueteaban con el horizonte, pero ninguna se atrevía a interponerse en su brillo. El parque Lisboa, en el corazón de la ciudad, vibraba con la energía de miles de atletas, listos para dejarlo todo en el asfalto. Entre ellos, el equipo TAF se preparaba, sus corazones llenos de determinación y su misión clara: derrotar a los 20 equipos que les hacían frente.

 

El pistoletazo de salida resonó como un trueno, y los runners se lanzaron al combate, como guerreros en una épica batalla por las calles citadinas. A lo lejos, los cerros orientales observaban en silencio, mientras el verde de los árboles sobrevivientes de la urbe se mezclaba con el gris del pavimento que empezaba a calentarse bajo los pies de los corredores.

 

William Reina, Walter Salamanca y Mauricio Bonilla lideraban al equipo TAF, un tridente invencible que, desde el primer momento, se mantuvo a la cabeza. Con zancadas fuertes y respiraciones profundas, seguían de cerca a los equipos de la élite nacional, resistiendo el implacable ritmo. El público, emocionado, ovacionaba su esfuerzo, aunque equipos como JC Running Team y Endurance Team acechaban con cada paso.

 

Pero el Sol no tenía aliados este día. Su calor era despiadado. En la autopista NQS, sus rayos comenzaron a debilitar a los corredores. "¡Agua! ¡Agua!" gritaban, pero en los puestos de hidratación, el líquido estaba caliente, asoleado, como si el mismo Sol lo hubiera maldecido. Los primeros corredores caían, víctimas de la fatiga, pero el equipo TAF seguía adelante, negándose a ceder.

 

Damaris, una guerrera incansable, sintió que el rayo de Sol la alcanzaba. Su mente se desvió hacia pensamientos sobre el agua, los páramos y las multinacionales que la robaban, y en ese instante, su cuerpo cedió. Terminaba su participación, pero el equipo TAF seguía alerta. No podían detenerse.

 

El siguiente en sentir el peso del Sol fue Súper Mario Martínez. Su cuerpo, debilitado por la gripe que lo había acosado los días previos, comenzó a fallar. Sus zancadas se acortaron, y el mundo a su alrededor se distorsionaba. Pero la voz de sus compañeros le llegó como un eco lejano, motivándolo a seguir. José Monterrosa, el compañero fiel, notó su debilidad y se acercó a él. Como un ángel guardián, decidió acompañarlo, dándole fuerza con cada paso.

 

La meta estaba cerca. Mario, sacando fuerzas de lo más profundo de su ser, recordó por qué estaba corriendo. El sudor corría por su frente, pero no se detendría. No hasta cruzar la línea final. Y lo hizo. Pero al hacerlo, su cuerpo colapsó. José estaba allí, lo sostuvo y lo llevó a la enfermería, donde lentamente comenzó a recuperarse.

 

El equipo JC Running logró adelantarse, pero el TAF, aunque golpeado por la adversidad, cruzó la meta en segundo lugar. Una vez más, se subieron al podio, no solo como competidores, sino como hermanos, demostrando que el trabajo en equipo y la amistad son fuerzas tan poderosas como el mismo Sol que intentó detenerlos.

 

El día terminó con alegría. Habían conquistado lo imposible. Y mientras el Sol comenzaba a despedirse en el horizonte, los guerreros de TAF sabían que, en la próxima batalla, estarían listos para volver a brillar.


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Fotos de cortesía grupo TAF:


















sábado, 12 de octubre de 2024

Un viaje a la Colombia que pudo ser…

 


Era 12 de octubre, y el salón de clases estaba lleno de murmullo. Dana, una niña de 7 años, escuchaba atentamente a la profesora explicando el significado del Día de la Raza. La maestra hablaba de Cristóbal Colón, de los barcos que llegaron al continente, y de cómo ese día marcó el encuentro entre dos mundos. Pero también habló de lo que significó para los pueblos indígenas: la pérdida de sus tierras, sus costumbres y su libertad.


Dana, con la cabeza apoyada en la mano, sintió cómo sus párpados se hacían pesados mientras imaginaba una Colombia distinta. Poco a poco, sus ojos se cerraron, y sin darse cuenta, se quedó dormida. Fue entonces cuando empezó a soñar…

 

Un mundo sin Colón

 

Dana se despertó en un lugar extraño, pero a la vez familiar. Estaba de pie en medio de una gran pradera verde, rodeada de montañas imponentes y ríos cristalinos que brillaban bajo el sol. No había edificios altos ni carreteras, solo naturaleza en su estado más puro. A lo lejos, divisó una aldea, pero no era una aldea común. Las casas eran de barro y madera, decoradas con intrincados grabados y símbolos antiguos. El aire estaba lleno del aroma de plantas medicinales, y el sonido de tambores rítmicos resonaba suavemente en la distancia.

 

Caminó hacia la aldea, y al llegar, se dio cuenta de que la gente vestía ropas tradicionales indígenas, con plumas, collares de piedras y cintas de colores que representaban sus linajes ancestrales. Había hombres, mujeres y niños compartiendo comida y enseñando a los más pequeños sobre la tierra. Lo más sorprendente era cómo todos parecían vivir en profunda armonía con la naturaleza. No había contaminación, ni basura; los ríos estaban limpios, y las montañas no habían sido cortadas para construir carreteras o ciudades.

 

Dana se acercó a un grupo de niños que jugaban con figuras talladas en madera. Una niña, que parecía tener su misma edad, se le acercó con una sonrisa cálida.

 

—¿Quién eres? —preguntó Dana, un poco confundida.

 

—Soy Anayka —respondió la niña, ofreciéndole una de las figuras talladas—. ¿Eres nueva en la aldea?

 

Dana asintió, aunque no estaba segura de dónde estaba.

 

—Creo que sí... —respondió con dudas—. ¿Dónde estoy? ¿Y dónde están las ciudades? Los edificios altos... las carreteras.

 

Anayka la miró con sorpresa.

 

—¿Ciudades? —rió suavemente—. Aquí no tenemos esas cosas. Vivimos en equilibrio con la tierra, como siempre lo hemos hecho. Nuestras familias han cuidado este lugar durante siglos. Nadie ha venido a quitarnos nuestras tierras ni a cambiar nuestra forma de vivir.

 

Un país diferente

 

Dana siguió a Anayka a través de la aldea, maravillándose de lo que veía. Los pueblos indígenas no solo habían sobrevivido, sino que florecían. Tenían su propio sistema de gobierno, sus propias escuelas y universidades, donde los ancianos transmitían el conocimiento de las plantas, el cielo, los animales y la medicina tradicional. No había divisiones por raza o clase; todos trabajaban juntos para mantener el bienestar de la comunidad. Cada región del país tenía su propio idioma, sus propios rituales, pero todos compartían el respeto por la tierra.

 

Anayka llevó a Dana hasta una gran casa comunal donde los ancianos contaban historias sobre el cielo y las estrellas. Uno de ellos, de rostro sereno y cabello blanco, se acercó a las niñas.

 

—La historia de nuestra gente es larga y rica —dijo, con voz profunda—. Nunca fuimos conquistados, y por eso nuestra sabiduría ha perdurado. No hubo guerras por oro, ni esclavitud. Aprendimos a convivir con la tierra, y ella nos ha dado todo lo que necesitamos.

 

Dana no podía creer lo que escuchaba. En este mundo, Colombia nunca había sido colonizada. No había pobreza extrema ni desplazamiento forzado. La naturaleza no había sido destruida, y las culturas indígenas seguían siendo el corazón del país. Los ríos seguían cantando libres, y la selva amazónica permanecía intacta, un santuario de vida.

 

El despertar

 

De repente, Dana sintió una mano suave en su hombro. Abrió los ojos de golpe, y se dio cuenta de que estaba de nuevo en el salón de clases. La profesora estaba junto a ella, sonriéndole.

 

—Parece que te quedaste dormida, Dana —dijo con amabilidad.

 

Dana parpadeó, todavía aturdida por su sueño. Miró a su alrededor; el mundo de su sueño había desaparecido, y estaba de vuelta en su realidad, donde Colombia sí había sido colonizada y su gente, a pesar de todo, había luchado para reconstruir su identidad.

 

Ese día, al salir de la escuela, Dana no podía dejar de pensar en lo que había soñado. Aunque el mundo real era muy diferente, su corazón se llenó de esperanza y respeto por las culturas indígenas de su país. Sabía que su historia no había sido perfecta, pero también comprendió que el pasado no podía cambiarse. Lo que sí podía hacer, era honrar a aquellos que habían luchado por su tierra, su cultura y sus raíces.

 

Así, mientras caminaba hacia su casa, Dana decidió que quería aprender más sobre sus propios orígenes, sobre los pueblos que habían habitado Colombia mucho antes de que llegara cualquier barco. Y en su corazón, llevaba el deseo de construir un futuro donde todas las voces fueran escuchadas, y donde el respeto por la tierra y la diversidad se mantuvieran vivos para siempre.

Y colorín colorado, la lección de hoy es: nunca subestimes el poder de una buena siesta.



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jueves, 3 de octubre de 2024

El negocio subterráneo de Bogotá… cuando el agua corre, pero el control “No”

 




Imagina esta escena: en una ciudad que flota en su propio tesoro subterráneo de agua dulce, las grandes empresas industriales sacan agua a precio de risa, mientras que tú, querido ciudadano, pagas como si cada gota estuviera enmarcada en oro. Bienvenidos a Bogotá, donde Postobón, Grasco, Textilia, Tintorería Asitex y otras grandes firmas tienen su propio *Black Friday* perpetuo del agua subterránea. ¿Cuánto pagan ellas? Apenas 28 pesitos por metro cúbico, menos de lo que te cuesta un tinto en la esquina. ¿Y tú? Cerca de 1.500 pesos. Y luego dicen que la vida es injusta.

 

Uno podría pensar que la Alcaldía de Bogotá y el Acueducto deberían estar vigilando de cerca esta situación. Pues, resulta que no. El control de las concesiones del agua subterránea es tan laxo que parece que solo se preocupan por que las tuberías no exploten... hasta que exploten. Las empresas sacan agua sin que nadie pestañee, y mientras tanto, el suelo de la ciudad comienza a ceder. Sí, amigos, el subsuelo se está hundiendo en lugares como Puente Aranda, pero no se preocupen, que a las industrias no les afecta tanto. ¿Quién necesita un suelo firme cuando tienes pozos infinitos de agua barata?

 

Claro, es natural que en tiempos de escasez, las empresas necesiten extraer agua subterránea para sostener sus operaciones. Pero lo que no es natural (ni moral) es que estas compañías parezcan tener más acceso al agua que los propios ciudadanos. En una ciudad que celebra sus reservas de agua como si fuera un logro personal, la realidad es que mientras más bombeamos, más rápido desaparece el recurso. Ah, pero qué importa, ¡siempre podemos rezar por más lluvias!

 

No podemos olvidar a la Secretaría de Ambiente y sus *heroicos* intentos de regulación. Parece que están más ocupados en crear documentos técnicos sobre el agua subterránea que en detener la sobreexplotación. Es un clásico en el que las palabras bonitas reemplazan a la acción. Y mientras tanto, ¿quién se beneficia? Las grandes industrias. Así es: el agua fluye, pero el control... ni se ve.

 

Al final, uno tiene que preguntarse si el verdadero tesoro subterráneo de Bogotá es el agua o la indiferencia institucional. Porque, mientras que nosotros nos hundimos (literalmente), las empresas continúan extrayendo, y el precio real lo pagamos todos. Pero tranquilo, que el Acueducto ya debe estar preparando otro informe para tranquilizarnos.

 

La próxima vez que tomes un vaso de agua, reflexiona: ¿quién tiene la llave de los acuíferos de Bogotá y cuánto te cuesta a ti ese privilegio?

Fuentes de información:

RTVC Noticias

EL ESPECTADOR

Secretaria de ambiente Bogotá

Guillermo Ávila

Ingeniero y profesor Universidad Nacional


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HISTORIAS COLOR TAF 05: Lima 2020, la maratón que corrimos con la imaginación

  El siguiente relato solo es producto de la imaginación, y algunos de los personajes, igualmente. Eran las 06:30 de esta mañana y el fr...